Hace exactamente un año que me hicieron escribir mi autobiografía. Recuerdo estar una semana mirando álbumes de fotos intentando reconstruir mi vida. Me pasé una semana con la página en blanco sin saber cómo empezar. El caso es que puedo tardar cinco minutos en escribir sobre una persona, pero no fui capaz de encontrarme a mí misma. Ahora entiendo el fallo: intenté describir cómo era entonces, sin entender que lo importante es en lo que me he convertido, por qué tengo ciertas manías y por qué no tengo otras. Acabé escribiéndola. Mal, pero aprobé, que supongo que era lo que importaba entonces.
No obstante allí conseguí encontrarme a mí misma mirando un punto de paz, un punto cómodo y desconocido mientras soplaba un vaso de café con leche y unas espolvoreadas lágrimas. Noté como iba anocheciendo, como la noche fue llevándose la poca luz que ya sobrevivía. Entristecí paulatinamente sabiendo que había llegado el momento de marcharme sin mirar atrás. Pensé entonces en las mil palabras nuevas que alquilé, en las sonrisas que vendí y en por qué lo hice. Y ahora mismo escucho esa canción, esa melodía que me devuelve a aquel lugar, aquel lugar verde y tranquilo. Sabiendo que podría estar toda una vida conociéndome allí a mí misma, en aquel banco de aquel parque.
Y lucho por no caer al vacío, ese vacío que está repleto de recuerdos y de acciones que, inconscientemente, he ido almacenando en un lugar que yo creía seguro. Pero ya rebosa. Puedo ver asomándose a las palabras más atrevidas, veo luchar a las mentiras, veo relucir la verdad. Es pequeña y tiene miedo, está asustada porque yo intento mirar hacia otro lado sin reconocer que allí está presa mi ilusión, que la tiene ella. Que me dejé las ganas en aquel parque, pensando que había atado fuerte la melancolía a un árbol. Pero ha venido conmigo, a escondidas, me la he bebido con el café. Y entiendo entonces que por dos recuerdos malos tengo ciento veinticinco buenos y que, seguramente, si ahora tuviera que escribir mi autobiografía de nuevo, no sería tan pesimista y escribiría diez páginas de recuerdos tristes, sino que tendría cientos de páginas para escribir buenos, muy buenos.
Y me tomo mi café con lágrimas y un poco de leche mientras espero la señal de que todo está bien. De que puedo dejar de sentirme así, dejando de buscar limosna afectiva en bares oscuros. Porque ya he entendido que el amor es sencillez dentro de la complejidad, la vida es más fácil cuando estás enamorado. No tienes que pararte a pensar por qué estás llorando, o por qué estás riendo, simplemente es eso, es amor. Porque siempre merece la pena. Es alegría y es tristeza, y por ello nos regimos todos, incluso el hombre más austero sintió amor alguna vez, aunque fuera por sí mismo.



![oasis[1]](http://negrustica.files.wordpress.com/2011/07/oasis1.jpg?w=300&h=225)
![camino[1]](http://negrustica.files.wordpress.com/2011/05/camino1.jpg?w=300&h=234)