Fuentes web
Entradas
Comentarios

MG XXI

Galo puso una rodilla en el suelo y siguió con los ojos fijados en los suyos. Los ojos de ella se empezaron a llenar de lágrimas y empezó a tener calor: empezó por la nuca y acabó en el pecho. El temblor, en cambio, empezó por las rodillas y acabó en sus manos, que se volvieron frías e inestables. Empezó a parpadear más de lo normal intentando articular palabras pero sin encontrar la voz. Galo metió su mano en el bolsillo derecho del pantalón y antes de que lograra sacar nada Mariglo logró reaccionar.

- ¿Qué?- preguntó levantando a Galo del suelo.

- Verás…llevo tiempo queriendo decírtelo, quiero que nos casemos y nos vayamos lejos, solos tú y yo- respondió Galo.

- No hablarás en serio, ¿no?

- Nunca he hablado tan en serio. ¿Recuerdas cuando de pequeños decíamos que nos íbamos a casar? ¿Qué íbamos a tener dos hijos? ¿Que si teníamos una niña se llamaría María?- preguntó Galo acercándose a Mariglo- sé que es una locura- interrumpió Galo al posible rechazo de ella- y llámame loco si quieres, pero te necesito. No sabes cuánto me he acordado de ti, cuántas veces he leído aquellas cartas, cuántas veces he venido aquí recordándote. Y ahora te vas mañana y yo, no sé cuándo volveré a verte, cuando voy a tenerte así de cerca otra vez- dijo Galo acariciando los labios de Mariglo- dime que no me necesitas, que no te mueres por dentro cuando me ves, que no tienes ganas de besarme, que no te vendrías conmigo a cualquier parte del mundo.

Mariglo miró fijamente a Galo entendiendo perfectamente de lo que estaba hablando. El aire se hizo presente, cosa que hizo que el pelo le tapara la cara a Mariglo. Se lo apartó con suavidad sin dejar de mirar a Galo.

- ¿Sabes?- dijo ella poniendo su mano en el pecho de Galo- hace ya mucho tiempo que dejé de sentir eso. Y ahora he entendido que no puedo volver el tiempo atrás. Nunca podré sentir otra vez lo que sentía por ti- susurró bajando la mirada y poniendo su mano en la barriga.

- ¿Para ti no fue especial?- preguntó Galo extrañado.

- Tal vez no lo fue tanto, éramos pequeños- respondió Mariglo restándole importancia al asunto- yo tengo mi vida en Barcelona.

- Podemos ir a vivir allí si quieres.

- Galo, por favor, piénsalo un poco.

- ¿No entiendes que no tengo nada que pensar? ¡Que te quiero, que quiero casarme contigo!- gritó Galo.

- No…no- dijo Mariglo mirando al suelo- yo no quiero, Gonzalo. Lo siento, no puedo.

- Vale- respondió Galo- sólo espero que no te arrepientas nunca- susurró Galo sonriendo. Empezó a caminar sin mirar atrás hasta que se diluyó en la oscuridad. El aire difuminaba el espacio al mover las hojas. Mariglo se quedó mirando un rato el agua que se movía violentamente, y se marchó a su casa. Su hermano y Bruno ya habían llegado hacía un rato y estaban durmiendo.

El alboroto en su casa la despertó al día siguiente sobre las once de la mañana. Bruno ya estaba abajo pero Jaime abrió la puerta de su habitación a la vez que lo hizo Mariglo.

- ¿Qué pasa?- preguntó Jaime aún medio dormido.

Bajaron corriendo sin tropezarse por las escaleras y al llegar abajo vieron en la cocina a muchísima gente brindando con copas. Allí estaban sus padres, Bruno, sus tíos, Elisabeth y los vecinos de en frente.

- ¡Que tenemos boda!- gritaba su padre alzando una copa. Jaime miró a Mariglo desconcertado y se apartó al ver llegar a Elisabeth. Mariglo la miró intentando buscar alguna excusa para explicarle que aquello había sido una equivocación.

- Verás, te lo puedo explicar- dijo Mariglo aún medio dormida.

- ¿Explicarme el qué?- dijo Elisabeth enseñándole el anillo de su mano izquierda- ¡Que me caso!

MG XX

El tiempo se paró: miles de ojos miraban la escena anonadados y sin saber qué decir. Parecía como si le hubieran bajado el volumen a la música para ser testigos de lo que iba a pasar. Todo congelado. Ni siquiera el viento se atrevía a hacer ruido. Todo el mundo sorprendido, todos mirando. En ese momento sólo estaban ellos dos. Galo apartó a Elisabeth extrañado, pero su cara cambió al verla sonreír y se abrazaron. Mariglo miró a Jaime extrañada, tirando su copa al suelo y sentándose donde estaba él. Ella empezó a hablar de Jordi. Ni siquiera se sorprendió por la manera en que empezó el tema y ni se percató de que hablaba de él.

- Tengo muchas ganas de verle- susurró concluyendo.

Bruno, Jaime y Mariglo se fueron a dormir en seguida. Jordi se había pasado con las copas y a Mariglo se le había pasado el efecto del alcohol en un momento. Los dos días siguientes se los pasaron en la piscina los tres. Por las tardes se aficionaron a jugar a las cartas, cosa que les recordaba a cuando eran pequeños. Su madre, además, tenía la peculiaridad entonces de llevarles galletas y leche, y así lo hizo, sustituyendo la leche por café. Mariglo no supo nada de Galo. Lo vio una y otra vez entrar en casa de sus tíos pero en ningún momento se pasó por la suya. En aquel momento ella se sentía protegida. Con su hermano y Bruno sentía que podía hablar de cualquier cosa y eso le encantaba.

El lunes siguiente Jaime, Bruno y Mariglo se fueron a Madrid. Fueron a visitar a un amigo de Bruno que tenía una casa enorme. Al volver a Ocaña el viernes, decidieron hacer una fiesta de despedida: el sábado se marchaban. La madre de Mariglo le comunicó que Reyes la había ido a buscar un par de veces porque se marchaba de vacaciones a Cádiz. No se pudo despedir de ella pero le dejó el recado a su madre. Mariglo se puso un vestido que se compró en Madrid. Seguramente si lo hubiera visto en Barcelona por ese precio no se lo hubiera comprado, pero se dio el gusto por estar de vacaciones. Era rosa. Con mucho escote y muy corto. Se atrevió a ponérselo con el pelo recogido y se calzó unos zapatos blancos de Prada que se había comprado por recomendación de Bruno.

- ¡Qué zapatos tan bonitos!- exclamó Bruno con una gran sonrisa.

- La verdad es que sí- respondió Mariglo orgullosa- y son comodísimos.

Cenaron y se fueron a la fiesta. Habían comprado mucho alcohol. Allí estaba Galo junto a Elisabeth. Los dos sentados en una roca y conversando. Jaime en seguida se hizo con la roca más alta y se subió encima a bailar. Bruno le miraba admirado y empezaba a notar los primeros efectos del alcohol. Mariglo hablaba con unos y con otros, recordando viejas hazañas y buenos momentos.

- ¿Puedo hablar contigo un segundo?- dijo Galo interfiriendo en una conversación.

- Sí, claro- respondió Mariglo borrando la sonrisa de su boca- ¿qué quieres?- preguntó cuando ya se habían alejado de la gente.

- Verás…he estado escuchando que hablabais de la noche de San Juan. Cuando fuimos todos a la montaña y bebimos tanto…y sólo teníamos doce años- dijo Galo mientras seguía caminando- ese día fue cuando nos dimos nuestro primer beso- Mariglo no reaccióno, no dijo nada, simplemente siguió caminando como si ni siquiera le hubiera escuchado. Galo decidió cambiar de tema. Recordaron muy buenos momentos juntos hasta que llegaron a Fuente Grande

- Gloria…

- ¿Gloria? ¿Desde cuándo me llamas Gloria?- gritó Mariglo asombrada.

- Necesito preguntarte algo, es algo serio. No quiero que te lo tomes a broma, ni que me contestes ahora, puedo esperar hasta mañana- dijo Galo con sus ojos cristalinos fijados en los de ella. Mariglo se paró en seco y bebió de su vaso.

- Te escucho- dijo arrojando el vaso al suelo.

- Gloria, ¿te quieres casar conmigo?

MG XIX

Ellas se miraron asustadas e intentando buscar alguna plan para percibirlo.

- No puede ser gay- susurraron las dos a la vez mirando al suelo.

Volvieron a la mesa y la cena transcurrió de lo más normal. Su tía había hecho pollo con arroz y su madre había preparado tacos de un queso que sus vecinos le habían traído de París. Se arreglaron para la fiesta y se encontraron todos en la Plaza Mayor. El número de personas era mucho mayor al de la semana anterior: los primos de Jose Miguel habían venido de Granada a pasar unos días a Ocaña y ya estaban borrachos y cantando con esa alegría que les caracteriza.

- Si no empiezas tú, empiezo yo- susurró Elisabeth al oído de Mariglo. Elisabeth se había soltado el pelo y se había puesto un vestido blanco por encima de las rodillas y un escote que no dejaba mucho a la imaginación.

- Yo necesito un par de copas para esto- dijo Mariglo sin apenas mirarla- y tú podrías haberte tapado un poco, te vas a resfriar- dio unos cuantos pasos más y arrimó su vaso a las manos de Bruno que estaba llenando el suyo de calimocho.

- Gracias- dijo Mariglo sonriendo y bebiendo- y… ¿cómo os conocisteis mi hermano y tú?

- Bueno, nos conocimos en Barcelona. Yo soy de allí, mis padres siguen viviendo allí, de hecho- Mariglo le miraba expectante- y bueno, nos aburrimos de aquello y decidimos unirnos y abrir un bar en Madrid.

- ¡Así que tú fuiste el culpable!- bromeó Mariglo sonriendo. Estuvieron un buen rato hablando hasta que Jaime les interrumpió.

- Vale ya de hablar, ¿no? Vamos a bailar- dijo Jaime mientras movía la cintura de un lado a otro. Rieron y bailaron ridículamente hasta que llego Galo. Se miraron sin decirse nada hasta que Mariglo fue a rellenar su vaso.

- ¿Cómo va eso?- dijo Galo sirviendo a Mariglo y sonriendo como si no hubiera pasado nada.

- ¿Qué es lo que quieres?- dijo Mariglo desconcertada y mirando su vaso.

- Yo tengo muy claro lo que quiero- respondió Galo- te quiero a ti- susurró mientras bebía- estoy esperando a que me digas qué es lo que quieres tú. Para mí no ha pasado el tiempo, cuando te vi, volví a ser un crío y siento que no he dejado de comportarme como tal desde que volviste. He estado toda la semana esperando alguna reacción y al no tenerla, y saber que tú puedes vivir sin mí me desespera.

- No…no sé qué decirte, Galo- susurró Mariglo desconcertada y con los ojos cristalinos.

- Ya lo sé, por eso no te he preguntado nada, ni siquiera te he pedido nada. Cuando lo sepas, ya sabes dónde buscarme. Sólo espero que no sea demasiado tarde- dijo levantando su vaso y marchándose. Vino Bruno. La miró sonriendo y la invitó a tomarse otro vaso. En ese momento Elisabeth se acercó a Galo. Ella no dejaba de tocarse el pelo intentando llamar su atención. Se escuchaba su risa desde la otra punta de la plaza.

- ¿A tu prima le gustan todos?- preguntó Bruno. Mariglo la miró sorprendida- ¡Ah! Perdón. No quería decir…

- No, si tienes razón- interrumpió Mariglo entre risas- supongo que las nuevas generaciones nos llevan años de ventaja- dijo con melancolía.

En ese momento Elisabeth besó a Galo. Mariglo soltó el vaso que cayó al suelo y suspiró sin poder soltar el aire.

- ¡WOW!- gritó Bruno. Y Mariglo respiró.

MG XVIII

Su madre le había preparado un zumo de naranja como el que le preparaba cuando era pequeña. El pan estaba en la tostadora, podía olerlo desde donde estaba.

- Bueno, he pensado que tal vez querrías ir a la piscina. Hace buen día, y hasta las tres no tengo que ir a trabajar- dijo Reyes pegándole un bocado a su tostada. Llevaba un bañador de flores rojas y blancas y una camiseta de tirantes blanca. Tenía la toalla apoyada en el respaldo de la silla y lucía unas zapatillas también rojas. Sus padres sonreían y a Mariglo le sorprendía la naturalidad con que estaban llevando la situación. Ella se sentó poniendo su mejor cara.

- No hacía falta que vinieras, ya nos hubiéramos visto allí.

Al llegar a la piscina vio Galo tumbado en una hamaca al lado derecho de la piscina. El sol daba a conciencia y por el color de sus mejillas debía de llevar una hora por lo menos expuesto allí tumbado.

- Buenos días, tío- dijo Reyes dejando caer la toalla en la cara de Galo. Él se quitó la toalla con calma y al incorporarse vio a Mariglo.

- Buenos días, pareja. Justo me iba a ir ya, llevo una hora tomando el sol, creo que ya me ha dado bastante- dijo levantándose y recogiendo su toalla. Miró a Mariglo decepcionado e intentando que ella no lo notara.

- Creo que tenemos una conversación pendiente- dijo Reyes quitándose la camiseta.

- ¿Sabes? Creo que voy a ir al baño- respondió ella dejando sus cosas en una hamaca. Los baños estaban fuera de la piscina, a la derecha. No le dio tiempo a que Reyes le pudiera contestar que ya estaba fuera- ¡Te estás equivocando!- gritó Mariglo desde la puerta. Galo se paró en seco, se giró y se dirigió hacia ella con cierto aire de superioridad. Galo la besó. Fue un beso con rabia y sentimiento.

- Aquí la única que se equivoca eres tú- dijo apartándola y marchándose. Y allí se quedó Mariglo, a quien le temblaban las piernas cada vez que veía a Galo, a quien se le enmudecía la lengua cada vez que tenía que hablar con él, a quien se le nublaba la vista cuando no le veía…Ella le siguió con la mirada hasta que giró a la derecha y entonces fue cuando se le nubló la vista. Miró a un lado y a otro intentando saber qué significaba aquello y sin encontrar la respuesta.

La semana transcurrió de lo más normal. Readquirió la costumbre de ir a pasear con su madre por las mañanas, comer y ver con ella la tele. Alguna que otra tarde Elisabeth las había acompañado. Mariglo no supo nada de Galo en toda la semana desde que se besaron, no se habían visto, ni se habían ido a buscar. Reyes había ido en algún momento a buscarla pero las cosas ya quedaron claras: no podían ser más que amigos. Aquel viernes llegó Jaime de Madrid. Le habían cerrado el local por encontrar drogas. Vino acompañado y con un par de maletas enormes.

- Os presento a Bruno, mi compañero de piso en Madrid- dijo Jaime- nos iremos a vivir a Barcelona- Bruno era un chico guapísimo. Tenía el pelo rubio un poco largo, sus ojos eran pequeños y azules y, aunque tenía veintinueve años, no asomaba por su barba ningún rastro de vello, su piel era tersa y suave y tenía las manos grandes.

- Encantado- dijo Bruno con una sonrisa encantadora. Su familia se quedó admirada al ver a un chico tan apuesto. Incluso su padre se quedó sin palabras.

- Esta noche hay una fiesta- gritó exaltada Mariglo mirando a Bruno- podríamos ir. Cenaron todos juntos: sus padres, sus tíos, Jaime, Bruno, Mariglo y Elisabeth. Ésta no dejaba de mirarle sin ni siquiera probar bocado. Mariglo, al darse cuenta la obligó a ir al baño con ella.

- Ni lo sueñes- susurró Mariglo cerrando la puerta- yo lo vi primero.

- ¿Qué? Estarás de broma. Hacía tiempo que no veía a un chico tan guapo. Además, me iría bien para darle celos a Gonzalo- respondió Elisabeth tocándose el pelo.

- Está bien- dijo Mariglo- hagamos un trato. Lo intento yo primero, y si fallo lo intentas tú- abrió la puerta y salió sin dejarla hablar.

- ¿Y si es gay?- gritó Elisabeth desde el baño.

MG XVII

- Pues que quizá esto sería hacer las cosas demasiado difíciles – respondió Galo alejándose lentamente de Mariglo. Ella se quedó desconcertada y miró al suelo avergonzada sin saber qué decir- ¿hasta cuándo te vas a quedar aquí?

- Me quedaré un par de semanas.

- ¿Es lo que tienes planeado?- preguntó Galo creyendo conocer a Mariglo.

- Aunque no lo creas, me vine sin avisar a mi jefe y sin pedir permiso a nadie- respondió ella orgullosa de su extraño comportamiento. Él la miró desconcertado, con la sensación de no conocerla- Las cosas cambian ¿no?

- Supongo que sí. Igualmente tengo esta semana de fiesta, así que podemos pasarla juntos, si quieres.

- ¿Y eso sería hacer las cosas fáciles?- dijo Mariglo sonriendo.

- Bueno, sería hacer las cosas de alguna manera, que es mejor que no hacer nada- susurró Galo sonriendo- nos conocemos desde hace bastante tiempo, no veo por qué no podemos ser amigos.
Se abrazaron. Mariglo recordó su colonia: ese olor dulce que tantas cosas le hacía recordar. Entre sus brazos sentía que el tiempo no había pasado, que tenía diecisiete años, y que su mayor preocupación era aprobar cálculo mental.

- Se está haciendo de día- dijo ella apartándose de Galo- ¿vas a oler toda la vida igual?

- También hay cosas que nunca cambian- dijo él sonriendo. La acompañó hasta su casa. Ella volvió a tener diecisiete años. Miraba al suelo pensando en las veces que sus pies habían hecho el mismo recorrido junto a Galo. Sonreía al recordar momentos vividos con él y se arrepentía de no haber vuelto antes.

- Bueno, ha sido un placer- dijo Galo frente a la puerta de la casa de Mariglo- seguramente mañana me pase por la piscina. ¿Nos vemos allí?

Mariglo asintió y entro en su casa. Miró el reloj: las ocho y media de la mañana. Se abrazó y tocó su mejilla con su hombro para oler la colonia de Galo. Se quitó la chaqueta y fue oliéndola hasta llegar a su habitación.

- Eres consciente de que ya no tienes dieciocho años, ¿no?- dijo Jaime que se había despertado para irse a Madrid y la observaba subir las escaleras con cierto aire de felicidad.

- Estoy de vacaciones- dijo ella- déjame ser lo que quiera ser al menos por una semana- susurró apoyándose en el marco de la puerta y oliendo la chaqueta con cara de felicidad.

- Esto no puede acabar bien. Apuesto a que antes de que vuelva ya has llorado- dijo Jaime entrando en su habitación y cerrando su maleta- las cosas han cambiado, Glo, acéptalo.

- Me voy a dormir, anda- dijo cerrando la puerta de su habitación y metiéndose en la cama. Su padre la despertó a las once.

- ¿Piensas seguir durmiendo con el día que hacer?- dijo su padre desde los pies de su cama.

- Ehh…ah…¿qué hora es?- respondió Mariglo despertándose y estirándose.

- Son las once de la mañana- dijo su padre levantándose y abriendo las cortinas se su habitación- te esperamos para desayunar. Por cierto, ha venido alguien a buscarte.

Mariglo se levantó sobresaltada de la cama, abrió su maleta y se puso el bikini. Se vistió, se aseó, se peinó y bajó a desayunar. No podía creer que Galo la hubiera ido a buscar a su casa como cuando eran pequeños. Pero para su sorpresa, en la mesa de la cocina no estaba Galo, sino Reyes.

- ¿Qué haces tú aquí?- preguntó Mariglo asombrada desde la puerta.

MG XVI

- Vuelve a hacerlo- susurró Mariglo. Reyes volvió a besarla y Mariglo intentó imaginar la cara de Galo viendo aquella escena. Al retirarse Mariglo de los labios de Reyes y mirar hacia la montaña pudo ver como Galo ya no estaba. Ella miró a Reyes pensando en que aquel beso había sido un error y se marchó sin decirle nada. Reyes la siguió.

- ¿Qué es lo que pasa? Me has dicho tú que lo hiciera- dijo Reyes cogiendo del brazo a Mariglo. Ella suspiró intentando inventar aquellas palabras que no conseguía encontrar.

- Mira. Hemos bebido demasiado. Esto no debería haber ocurrido- susurró Mariglo intentándole quitar importancia a la situación.

- Pero, no lo entiendes. Yo llevo esperando este momento mucho tiempo. Yo…yo creo que te quiero- dijo Reyes mirando a Mariglo directamente a los ojos. A ella, en ese momento le entraron ganas de reír, pero lo evitó mirando al suelo por respeto.

- ¡No no!- gritó ella- tú estás confundido. Sólo tienes veintidós años…- susurró Mariglo intentando tranquilizar a Reyes.

- Tengo veintidós años y no he estado más seguro de algo en mi vida- respondió Reyes con lágrimas en los ojos. Mariglo en aquel momento se asustó. Tragó saliva y miró a un lado y a otro.

- Tengo novio- logró decir intentando escapar de la mirada fija de Reyes.

- ¿Qué?- preguntó Reyes extrañado.

- Mira. Hemos bebido, estamos cansados. Si te apetece hablamos mañana, ¿vale?- respondió Mariglo arrepintiéndose de lo que le había dicho a Reyes e intentando huir de esa situación. Reyes asintió y se sentó en una piedra- me voy, ¿nos vemos mañana?- él sonrió lo más serenamente que pudo y despidió a Mariglo con la mano abierta.

Salió del bosque pensando en qué le diría a Reyes al día siguiente y pensando en Galo. Miró su reloj: las tres de la mañana. Aún era pronto y no tenía sueño: al parecer tenía demasiadas cosas en las que pensar. Fue a parar a Fuente Grande, como siempre y allí se sentó en una roca a pensar. Cogió dos rocas, intentando simular a Jordi y a Galo e intentando, vagamente, poner su cabeza en orden. “Han venido a desordenarme la vida” pensó. Escuchó voces a lo lejos. Entre las rocas más altas de la fuente había un hueco en donde Mariglo se escondió.

- Pero yo te quiero- decía Elisabeth entre sollozos- no puedes dejarme así. Dime qué es lo que he hecho mal. Puedo cambiar- decía ella cada vez más cerca de donde estaba Mariglo.

- Eli, cariño, yo no quiero que cambies por mí. Simplemente te estoy diciendo que quiero poner en orden mis pensamientos y quiero saber cuáles son mis prioridades- decía Galo exculpándose.

- ¿Quieres que nos vayamos a vivir juntos?- preguntó Elisabeth- o podemos hacer un viaje mejor. Yo…yo tengo claras mis prioridades, por favor…

- Eli, necesito estar solo- dijo Galo apartando de sus hombros las manos de Elisabeth. Galo vio a Mariglo- te prometo ir a buscarte mañana y hablar. Pero ahora necesito pensar.

- Pero ¿es que ya no me quieres?- preguntó Elisabeth desesperada.

- Claro que te quiero, pequeña- dijo Galo mirando hacia donde estaba Mariglo- simplemente necesito pensar, eso es todo.

Galo besó la frente de Elisabeth para despedirla. Ella se fue sollozando y sin dejar de mirarle un solo momento. Galo se acercó cabizbajo a las rocas y con las manos en los bolsillos.

- ¿Te has divertido?- preguntó cogiendo una piedra y lanzándola a la fuente.

- Yo…yo no quería escucharlo- se disculpó Mariglo saliendo de las rocas- he venido aquí porque necesitaba un respiro, necesitaba desconectar de todo lo que me envolvía y parece que está siendo más difícil de lo que pensaba- dijo mirando fijamente el agua e intentando buscar una excusa a su vuelta repentina.

- A lo mejor es porque tú lo haces más difícil de lo que es. La vida es fácil, Glo, nosotros la hacemos difícil.

- Estoy de acuerdo. Pero quizá sería muy aburrida si fuera fácil, ¿no?- respondió Mariglo entre risas. Galo sonrió. Ella no recordaba que su sonrisa fuera tan bonita. Él miraba el agua, y ella le miraba a él. Se quedó embobada sin darse cuenta y cuando él la miró, ella se sonrojó y apartó la mirada.

- Quizá no deberíamos hacer las cosas tan difíciles, ¿no?- dijo Galo mirando a Mariglo.

- ¿A qué te refieres?- preguntó Mariglo sabiendo perfectamente la respuesta y arrepintiéndose por haberlo preguntado.

- ¿A qué me puedo referir?- preguntó Galo acercándose a Mariglo.

- Dímelo tú- respondió ella mirándole a los labios y acercándose cada vez más a ellos.

- Mira cómo me está mirando esa niña- susurró Pablo- soy inválido no un monstruo.

- Simplemente le resulta extraño, no es porque seas un monstruo. Mira como también está mirando a aquella chica negra, y a aquella mujer con bastón. Los niños experimentan, lo observan todo, no te sientas mal- dijo Marta acariciando a Pablo- El más mínimo cambio les parece extraordinario. Supongo que como a todos, ¿no?

- ¿Sabes?- dijo Pablo mirando a Marta- me gustaría que todo el mundo me mirara como lo haces tú.

- Y ¿cómo te miro yo?- dijo Marta sonriendo y clavando sus ojos en Pablo.

- No lo sé. No me haces sentir diferente, no me haces sentir especial como hacen todos. No te compadeces de mí, contigo puedo olvidarme de que no puedo ni siquiera correr. Me haces sentirme una persona normal- dijo Pablo cogiendo fuertemente la mano de Marta.

- Pues, ¿sabes?- preguntó Marta.

peaton-y-silla-de-ruedas[1]

- ¿Qué?- susurró él.

- Que a mí me pasa completamente lo contrario: me haces sentir la persona más especial del mundo, una persona diferente, una persona mejor.

MG XV

Galo miró a Mariglo abrazándola y adentrándose en el agua. Al cubrirle los hombros ella fue a por su prenda y se la puso sin decir una palabra. Todos pasaron por alto el comentario de Elisabeth ya que afirmó que pensaba que Reyes la estaba rozando y se asustó.

- Voy a secarme- dijo Mariglo saliendo del agua avergonzada.

- Glori, cariño, ¡que no pasa nada!- gritó el padre desde el agua. Mariglo se sentó en una roca recordando lo que la desconcertaban los imprevistos.

- ¡Vamos a comer!- gritó su tía desde una roca alta. Todos se acercaron hacia la mesa secándose con sus toallas. Después de comer, jugaron un poco al balón comentando ciertas cosas y así pasó un día soleado de domingo en familia. Había una cierta tensión de miradas entre Elisabeth y Galo. A la hora de recoger, sonó el teléfono de Jaime. Al parecer, las cosas no habían ido bien con su negocio en Madrid y tenía que volver.

- Volveré en cuanto pueda- dijo Jaime besando la frente de Mariglo. Ella sonrió mirándole y deseándole que aquello fuera cierto.

- Glori, hemos quedado esta noche a las doce en la Plaza Mayor. Ponte guapa. ¿Te paso a buscar a menos cuarto?- dijo Elisabeth. Mariglo asintió sin tener ganas de ir a la fiesta. Recogieron y se fueron cada uno a su casa.

Mariglo abrió su maleta y con ayuda de su hermano logró encontrar un conjunto para aquella noche. En el coche, Mariglo recordaba las veces que había intentado ir a hablar con Galo y se había dado la vuelta. Pensaba en las veces que había imaginado el diálogo entre ellos dos cuando ella le dijera que lo seguía queriendo. O lo que es peor: que no sabía lo que sentía. Sentía esas ganas locas de estar con él, de abrazarlo y de sentirlo en sus brazos. Pero por otra parte sentía esa necesidad de tenerlo alejado de ella.

- Con el tiempo el olvido es más fácil- dijo Jaime mirando a Mariglo. Su hermano tenía la peculiaridad de saber en todo momento en qué pensaba ella. Se ducharon y bajaron a cenar. Sus padres estaban planeando un viaje a Badajoz para ver a unos antiguos vecinos que se habían comprado una casa allí hacía unos años. Tras la cena, Mariglo subió con su hermano a vestirse. Jaime se iba a la mañana siguiente, pero decidió salir un rato igualmente. A las doce menos cuarto Elisabeth llamó a la puerta. Llevaba un vestido fabuloso de color verde, se había alisado el pelo y se lo había dejado suelto. Aquella noche había refrescado un poco. Mariglo se había puesto unos pantalones largos y una simple camiseta de color azul. Estaba nerviosa por volver a ver a todos sus antiguos amigos que hacía diez años que no veía.

Y allí estaban todos: Julia, Miguel, ‘el Piti’, María, Jose Miguel, Fran, a otros muchos más que no lograba distinguir entre la oscuridad y a mucha gente nueva. La mayoría se alegraron de ver a Mariglo y a Jaime. Les saludaron con efusividad y alegría y en seguida se pusieron al corriente de sus vidas. El alcohol iba de un lado para otro y era imposible ver una copa vacía. Mariglo pudo ver como Elisabeth y Galo discutían. Recordó que Galo tenía la misma posición que cuando eran pequeños y discutían. Él se sentaba, la miraba y hacía que la escuchaba. Sabía que de un momento a otro lo arreglarían y él la besaría. Galo siempre arreglaba las cosas así cuando estaba con Mariglo así que pensó que haría lo mismo con Elisabeth. Pasadas las tres de la madrugada, Jaime abandonó la fiesta bailando mientras se despedía. Todos le miraban y le cantaban ebrios por el alcohol. Mariglo ya notaba que sus pies no le respondían del todo, pensaba que las situaciones iban más lentas y notaba ya una cierta dificultad al hablar.

- ¿Otra copa?- dijo Reyes acercándole un vaso de plástico lleno de vodka con naranja. Mariglo miró a Galo, que seguía en la misma posición, y a Elisabeth que no había parado de hablar desde entonces.

- ¿Podemos ir a otro sitio?- preguntó Mariglo cogiendo el vaso de Reyes y queriendo desaparecer de aquel lugar. Se sentaron en una roca a unos veinte metros de los demás y Mariglo explicó a Reyes en qué consistía su trabajo. Él no paraba de reírse, cosa que la motivaba más en seguir contándole historias, aunque era consciente de que se reía porque estaba bebido. Los ojos de Reyes cada vez estaban más cerrados, y cuando sonreía tenía incluso que imaginar de qué color eran sus ojos.

- Y bueno, eso es todo- dijo Mariglo acordándose de Jordi. Y al saber que ‘eso no era todo’ se bebió de golpe lo que le quedaba en el vaso. En ese momento Reyes la besó. Mariglo siguió su beso pensando en Jordi, hasta que se dio cuenta de que no era él y le apartó.

- ¿Qué haces?- susurró Mariglo. Entonces, a lo lejos, pudo ver como Galo les observaba solo y quieto. Mariglo le miró y volvió a mirar a Reyes.

MG XIV

Su padre llevaba una nevera llena de cervezas y con una tortilla de patatas enorme que su madre hacía con cebolla y pimiento. Esa tortilla le recordaba a cuando se la hacía su abuela. Siempre se quedaba a comer en su casa cuando se ponía mala y no podía ir a la escuela, y, como sabía que le gustaba, era lo que le cocinaba. Los padres de Elisabeth no sabían que ella estaba saliendo con Galo así que se hicieron más interesantes los silencios que las palabras. Cada familia fue en su coche. Acostumbraban a ir a una de las montañas que estaba a diez minutos de sus casas en donde había un lago. Habían ido allí desde que Mariglo tiene uso de razón.

- Hacía años que no venía por aquí- susurró Mariglo acercándose a la orilla del lago.

- A lo mejor es que hace años que te has desentendido de esto, ¿no?- dijo Galo detrás de ella. Mariglo se giró mirando al suelo, sin poder mirarlo a la cara.

- ¿Cómo estás?- logró decir. Entonces se aproximó y le dio un beso en la mejilla- Al parecer todo va bien- dijo mientras volvía a girarse hacia el lago. Atendieron los dos a un comentario que escucharon de los padres de Galo. Aún pensaban que ellos seguían con el mismo sentimiento desde que eran adolescentes- Qué equivocados están- dijo Mariglo sonriendo y dejando a Galo frente el lago. En realidad le molestaba que eso no fuera así. Era normal que no fuera el mismo sentimiento, pero ella aún sentía algo por él, algo que aún no sabía qué era.

Entonces llegaron los demás. Reyes llevaba en su mano una sombrilla que puso al lado de la mesa. Se sentaban en el suelo, entre las rocas, con cojines que tiempo atrás habían comprado para ello. Elisabeth en seguida se quitó la ropa y mirando a Galo se tiró al agua. Mariglo miró a su hermano pensando que estaba haciendo lo mismo que ella cuando tenía su edad y sonrió. Galo parecía que no le daba mucha importancia a ella porque ni siquiera la miró.

- Gloria, ¿te han dicho que esta noche hay una fiesta?- preguntó Reyes ayudando a su madre a sentarse.

- Pues no, no me habían dicho nada- respondió Mariglo cogiendo una aceituna.

- ¿Ya os conocéis?- dijo la madre de Reyes. Los dos se miraron asintiendo y sonrieron- Ay, Gloria, pues no sabes lo enamorado que estaba mi hijo de ti desde que era pequeño. Cada día estaba hablando de ti ¿Verdad hijo?

- Sí, bueno. Tonterías de crío- dijo mientras se quitaba la camiseta mirando a Mariglo. Reyes tenía un cuerpo atlético y él lo sabía. Hacía ejercicio y solía jugar a fútbol con algunos amigos en Madrid- ¡Está muy buena el agua!- gritó desde el lago.

- Anda, Glo, vamos a bañarnos- dijo su hermano.

- No, no me apetece, quizá más tarde

Estaban casi todos en el agua. Quedaba la tía de Mariglo y su madre que estaban sentadas en una roca hablando. Mariglo se aproximó para ver de qué estaban hablando: creían que entre Elisabeth y Reyes había algo. Al oír eso decidió irse al lago para no dar su opinión sobre el tema. Le hizo gracia ver que las cosas no cambiaban y que las especulaciones, ya sea en un pueblo o en una ciudad, siempre se hacían. Empezó a quitarse la camiseta y la falda cuando llegaron Jaime y Galo corriendo con intención de tirarla. Tras pataletas y arañazos consiguieron llevarla hasta la orilla.

- ¿Te tiro?- dijo Galo sonriendo que era el único que acabó sosteniéndola- ¿Te tiro?- volvió a decir haciendo un falso intento de tirarla. En ese momento, la parte de arriba del bikini se desató y Mariglo pegó un chillido. Galo la soltó con cuidado asustado y Mariglo abrazó a Galo con intención de taparse. Pero el bikini ya estaba en el agua.

- ¿Qué coño haces?- dijo Elisabeth celosa. Y todos la miraron.

MG XIII

El chico no levantó la cabeza del suelo, caminaba recto mientras arrastraba su maleta. Mariglo no conseguía ver del todo su cara.

- ¿Galo?- volvió a preguntar.

- ¿Eh?- dijo el chico- creo que te equivocas. Soy Fernando, pero me llaman Reyes. ¿Tú Eres Gloria?- dijo el chico dejando sus maletas en el suelo y el pan de pagés encima. Mariglo le miró extrañada, pues ella no sabía quien era él

- Bueno, somos vecinos. Yo tengo veintidós años, supongo que no te acordarás de mí- Mariglo miró al chico decepcionada por no ser Galo y a la vez intrigada por saber quién era ese chico. Se despidió lo más simpáticamente que pudo y se fue a su casa aceleró el paso para no tener que darle conversación.

Ya era de día. Los pájaros más madrugadores ya cantaban de buena mañana y ella decidió hacerse un nescafé. Calentó la leche en una taza que su madre tenía desde que ella era pequeña. Se sirvió tres cucharadas, pero antes de meter la cuchara en el vaso pensó que tal vez tres eran pocas y puso una más.

- ¿Es chocolate o nescafé?- dijo su hermano desde la puerta de la cocina.

- Eli está con Galo- dijo Mariglo moviendo el contenido de la taza.

- Ah ¿sí? Muy bien ¿no?- respondió su hermano entrando en la cocina y preparándose un café – No has dormido ¿verdad?

- Jaime, se llevan diez años. Ella es muy joven- susurró Mariglo sentándose en una silla. Su hermano la miraba sabiendo perfectamente la sensación que Mariglo estaba sintiendo y buscando una buena respuesta que la dejara convencida.

- ¿Pretendes que te espere toda una vida sin saber nada de ti? No sabía que eras tan egoísta ¿Acaso tú no has hecho tu vida? Los demás también tienen derecho a vivir la suya. El tiempo no se para cuando tú no estás, las plantas crecen, los días siguen pasando- respondió su hermano acercándose poco a poco a Mariglo.

- Sí. Supongo que tienes razón- dijo Mariglo levantándose de la silla. Dejó la taza en el mármol y se fue hacia su habitación- buenas noches, Jaime. Supongo que mañana será otro día.

Jaime miró su reloj y sonriendo al saber que sólo le quedaba una hora para despertarse de nuevo. Él tenía la costumbre de levantarse temprano para ir a correr. Y así lo hizo. Se puso ropa cómoda y se fue a correr. El reloj daba las nueve cuando el padre de Mariglo entró en su habitación. Se sentó a los pies de su cama para observar cómo dormía y cómo había pasado el tiempo. En la mesita de noche, tenía un marco con una foto de cuando Mariglo tenía diez años y fueron a Andorra. Llevaba una chaqueta rosa y una bufanda roja. Sus botas también eran rojas y tenía la cara roja del frío que estaba pasando.

- Glo, cariño. Buenos días- dijo su padre acariciando la cara de su hija. Mariglo se despertó sonriendo al escuchar la voz de su padre y recordando las mañanas de ir a la escuela- me alegra mucho que estés aquí- susurró mientras la besaba en la cara. Mariglo se duchó y cuando se vistió bajó a desayunar. Aún bajaba bostezando cuando llegó a la cocina. Su madre estaba sentada desayunando con su padre. Acababa de llegar Jaime.

- Buenos días- gritó Jaime con alegría- voy a ducharme. Por cierto, he visto a Galo corriendo. Dice que ellos también vienen- dijo Jaime mirando a Mariglo. A ella le entraron náuseas que intentó disimular cogiendo otra taza y sirviéndose otro nescafé.

- Vaya, al final se han animado. Ayer no estaban seguros. La verdad es que hace muy buen día- dijo su madre apartando la cortina de la cocina para mirar el cielo- habrá que llevarse crema protectora ¿eh?- dijo levantándose y mirando a su marido. Cuando lo tuvieron todo preparado salieron por la puerta. Mariglo suspiraba y respiraba pensando qué cara poner y cómo reaccionar y Jaime no paraba de sonreír al ver la situación. Y allí estaban todos. Allí estaba Elisabeth mirando a Galo con cara de enamorada. Allí estaba Jaime sonriendo y mirándolos a los tres. Allí estaba Galo mirando a Mariglo y allí estaba ella mirando al suelo con ganas de llorar.

- ¿Ya estamos todos?- dijo la vecina de la puerta de al lado. – Ahora sí- dijo Reyes saliendo de la casa de al lado, el chico que se había encontrado aquella madrugada- no podría perderme esto.

Entradas antiguas »