Fuentes web
Entradas
Comentarios

MG XIX

Ellas se miraron asustadas e intentando buscar alguna plan para percibirlo.

- No puede ser gay- susurraron las dos a la vez mirando al suelo.

Volvieron a la mesa y la cena transcurrió de lo más normal. Su tía había hecho pollo con arroz y su madre había preparado tacos de un queso que sus vecinos le habían traído de París. Se arreglaron para la fiesta y se encontraron todos en la Plaza Mayor. El número de personas era mucho mayor al de la semana anterior: los primos de Jose Miguel habían venido de Granada a pasar unos días a Ocaña y ya estaban borrachos y cantando con esa alegría que les caracteriza.

- Si no empiezas tú, empiezo yo- susurró Elisabeth al oído de Mariglo. Elisabeth se había soltado el pelo y se había puesto un vestido blanco por encima de las rodillas y un escote que no dejaba mucho a la imaginación.

- Yo necesito un par de copas para esto- dijo Mariglo sin apenas mirarla- y tú podrías haberte tapado un poco, te vas a resfriar- dio unos cuantos pasos más y arrimó su vaso a las manos de Bruno que estaba llenando el suyo de calimocho.

- Gracias- dijo Mariglo sonriendo y bebiendo- y… ¿cómo os conocisteis mi hermano y tú?

- Bueno, nos conocimos en Barcelona. Yo soy de allí, mis padres siguen viviendo allí, de hecho- Mariglo le miraba expectante- y bueno, nos aburrimos de aquello y decidimos unirnos y abrir un bar en Madrid.

- ¡Así que tú fuiste el culpable!- bromeó Mariglo sonriendo. Estuvieron un buen rato hablando hasta que Jaime les interrumpió.

- Vale ya de hablar, ¿no? Vamos a bailar- dijo Jaime mientras movía la cintura de un lado a otro. Rieron y bailaron ridículamente hasta que llego Galo. Se miraron sin decirse nada hasta que Mariglo fue a rellenar su vaso.

- ¿Cómo va eso?- dijo Galo sirviendo a Mariglo y sonriendo como si no hubiera pasado nada.

- ¿Qué es lo que quieres?- dijo Mariglo desconcertada y mirando su vaso.

- Yo tengo muy claro lo que quiero- respondió Galo- te quiero a ti- susurró mientras bebía- estoy esperando a que me digas qué es lo que quieres tú. Para mí no ha pasado el tiempo, cuando te vi, volví a ser un crío y siento que no he dejado de comportarme como tal desde que volviste. He estado toda la semana esperando alguna reacción y al no tenerla, y saber que tú puedes vivir sin mí me desespera.

- No…no sé qué decirte, Galo- susurró Mariglo desconcertada y con los ojos cristalinos.

- Ya lo sé, por eso no te he preguntado nada, ni siquiera te he pedido nada. Cuando lo sepas, ya sabes dónde buscarme. Sólo espero que no sea demasiado tarde- dijo levantando su vaso y marchándose. Vino Bruno. La miró sonriendo y la invitó a tomarse otro vaso. En ese momento Elisabeth se acercó a Galo. Ella no dejaba de tocarse el pelo intentando llamar su atención. Se escuchaba su risa desde la otra punta de la plaza.

- ¿A tu prima le gustan todos?- preguntó Bruno. Mariglo la miró sorprendida- ¡Ah! Perdón. No quería decir…

- No, si tienes razón- interrumpió Mariglo entre risas- supongo que las nuevas generaciones nos llevan años de ventaja- dijo con melancolía.

En ese momento Elisabeth besó a Galo. Mariglo soltó el vaso que cayó al suelo y suspiró sin poder soltar el aire.

- ¡WOW!- gritó Bruno. Y Mariglo respiró.

MG XVIII

Su madre le había preparado un zumo de naranja como el que le preparaba cuando era pequeña. El pan estaba en la tostadora, podía olerlo desde donde estaba.

- Bueno, he pensado que tal vez querrías ir a la piscina. Hace buen día, y hasta las tres no tengo que ir a trabajar- dijo Reyes pegándole un bocado a su tostada. Llevaba un bañador de flores rojas y blancas y una camiseta de tirantes blanca. Tenía la toalla apoyada en el respaldo de la silla y lucía unas zapatillas también rojas. Sus padres sonreían y a Mariglo le sorprendía la naturalidad con que estaban llevando la situación. Ella se sentó poniendo su mejor cara.

- No hacía falta que vinieras, ya nos hubiéramos visto allí.

Al llegar a la piscina vio Galo tumbado en una hamaca al lado derecho de la piscina. El sol daba a conciencia y por el color de sus mejillas debía de llevar una hora por lo menos expuesto allí tumbado.

- Buenos días, tío- dijo Reyes dejando caer la toalla en la cara de Galo. Él se quitó la toalla con calma y al incorporarse vio a Mariglo.

- Buenos días, pareja. Justo me iba a ir ya, llevo una hora tomando el sol, creo que ya me ha dado bastante- dijo levantándose y recogiendo su toalla. Miró a Mariglo decepcionado e intentando que ella no lo notara.

- Creo que tenemos una conversación pendiente- dijo Reyes quitándose la camiseta.

- ¿Sabes? Creo que voy a ir al baño- respondió ella dejando sus cosas en una hamaca. Los baños estaban fuera de la piscina, a la derecha. No le dio tiempo a que Reyes le pudiera contestar que ya estaba fuera- ¡Te estás equivocando!- gritó Mariglo desde la puerta. Galo se paró en seco, se giró y se dirigió hacia ella con cierto aire de superioridad. Galo la besó. Fue un beso con rabia y sentimiento.

- Aquí la única que se equivoca eres tú- dijo apartándola y marchándose. Y allí se quedó Mariglo, a quien le temblaban las piernas cada vez que veía a Galo, a quien se le enmudecía la lengua cada vez que tenía que hablar con él, a quien se le nublaba la vista cuando no le veía…Ella le siguió con la mirada hasta que giró a la derecha y entonces fue cuando se le nubló la vista. Miró a un lado y a otro intentando saber qué significaba aquello y sin encontrar la respuesta.

La semana transcurrió de lo más normal. Readquirió la costumbre de ir a pasear con su madre por las mañanas, comer y ver con ella la tele. Alguna que otra tarde Elisabeth las había acompañado. Mariglo no supo nada de Galo en toda la semana desde que se besaron, no se habían visto, ni se habían ido a buscar. Reyes había ido en algún momento a buscarla pero las cosas ya quedaron claras: no podían ser más que amigos. Aquel viernes llegó Jaime de Madrid. Le habían cerrado el local por encontrar drogas. Vino acompañado y con un par de maletas enormes.

- Os presento a Bruno, mi compañero de piso en Madrid- dijo Jaime- nos iremos a vivir a Barcelona- Bruno era un chico guapísimo. Tenía el pelo rubio un poco largo, sus ojos eran pequeños y azules y, aunque tenía veintinueve años, no asomaba por su barba ningún rastro de vello, su piel era tersa y suave y tenía las manos grandes.

- Encantado- dijo Bruno con una sonrisa encantadora. Su familia se quedó admirada al ver a un chico tan apuesto. Incluso su padre se quedó sin palabras.

- Esta noche hay una fiesta- gritó exaltada Mariglo mirando a Bruno- podríamos ir. Cenaron todos juntos: sus padres, sus tíos, Jaime, Bruno, Mariglo y Elisabeth. Ésta no dejaba de mirarle sin ni siquiera probar bocado. Mariglo, al darse cuenta la obligó a ir al baño con ella.

- Ni lo sueñes- susurró Mariglo cerrando la puerta- yo lo vi primero.

- ¿Qué? Estarás de broma. Hacía tiempo que no veía a un chico tan guapo. Además, me iría bien para darle celos a Gonzalo- respondió Elisabeth tocándose el pelo.

- Está bien- dijo Mariglo- hagamos un trato. Lo intento yo primero, y si fallo lo intentas tú- abrió la puerta y salió sin dejarla hablar.

- ¿Y si es gay?- gritó Elisabeth desde el baño.

MG XVII

- Pues que quizá esto sería hacer las cosas demasiado difíciles – respondió Galo alejándose lentamente de Mariglo. Ella se quedó desconcertada y miró al suelo avergonzada sin saber qué decir- ¿hasta cuándo te vas a quedar aquí?

- Me quedaré un par de semanas.

- ¿Es lo que tienes planeado?- preguntó Galo creyendo conocer a Mariglo.

- Aunque no lo creas, me vine sin avisar a mi jefe y sin pedir permiso a nadie- respondió ella orgullosa de su extraño comportamiento. Él la miró desconcertado, con la sensación de no conocerla- Las cosas cambian ¿no?

- Supongo que sí. Igualmente tengo esta semana de fiesta, así que podemos pasarla juntos, si quieres.

- ¿Y eso sería hacer las cosas fáciles?- dijo Mariglo sonriendo.

- Bueno, sería hacer las cosas de alguna manera, que es mejor que no hacer nada- susurró Galo sonriendo- nos conocemos desde hace bastante tiempo, no veo por qué no podemos ser amigos.
Se abrazaron. Mariglo recordó su colonia: ese olor dulce que tantas cosas le hacía recordar. Entre sus brazos sentía que el tiempo no había pasado, que tenía diecisiete años, y que su mayor preocupación era aprobar cálculo mental.

- Se está haciendo de día- dijo ella apartándose de Galo- ¿vas a oler toda la vida igual?

- También hay cosas que nunca cambian- dijo él sonriendo. La acompañó hasta su casa. Ella volvió a tener diecisiete años. Miraba al suelo pensando en las veces que sus pies habían hecho el mismo recorrido junto a Galo. Sonreía al recordar momentos vividos con él y se arrepentía de no haber vuelto antes.

- Bueno, ha sido un placer- dijo Galo frente a la puerta de la casa de Mariglo- seguramente mañana me pase por la piscina. ¿Nos vemos allí?

Mariglo asintió y entro en su casa. Miró el reloj: las ocho y media de la mañana. Se abrazó y tocó su mejilla con su hombro para oler la colonia de Galo. Se quitó la chaqueta y fue oliéndola hasta llegar a su habitación.

- Eres consciente de que ya no tienes dieciocho años, ¿no?- dijo Jaime que se había despertado para irse a Madrid y la observaba subir las escaleras con cierto aire de felicidad.

- Estoy de vacaciones- dijo ella- déjame ser lo que quiera ser al menos por una semana- susurró apoyándose en el marco de la puerta y oliendo la chaqueta con cara de felicidad.

- Esto no puede acabar bien. Apuesto a que antes de que vuelva ya has llorado- dijo Jaime entrando en su habitación y cerrando su maleta- las cosas han cambiado, Glo, acéptalo.

- Me voy a dormir, anda- dijo cerrando la puerta de su habitación y metiéndose en la cama. Su padre la despertó a las once.

- ¿Piensas seguir durmiendo con el día que hacer?- dijo su padre desde los pies de su cama.

- Ehh…ah…¿qué hora es?- respondió Mariglo despertándose y estirándose.

- Son las once de la mañana- dijo su padre levantándose y abriendo las cortinas se su habitación- te esperamos para desayunar. Por cierto, ha venido alguien a buscarte.

Mariglo se levantó sobresaltada de la cama, abrió su maleta y se puso el bikini. Se vistió, se aseó, se peinó y bajó a desayunar. No podía creer que Galo la hubiera ido a buscar a su casa como cuando eran pequeños. Pero para su sorpresa, en la mesa de la cocina no estaba Galo, sino Reyes.

- ¿Qué haces tú aquí?- preguntó Mariglo asombrada desde la puerta.

MG XVI

- Vuelve a hacerlo- susurró Mariglo. Reyes volvió a besarla y Mariglo intentó imaginar la cara de Galo viendo aquella escena. Al retirarse Mariglo de los labios de Reyes y mirar hacia la montaña pudo ver como Galo ya no estaba. Ella miró a Reyes pensando en que aquel beso había sido un error y se marchó sin decirle nada. Reyes la siguió.

- ¿Qué es lo que pasa? Me has dicho tú que lo hiciera- dijo Reyes cogiendo del brazo a Mariglo. Ella suspiró intentando inventar aquellas palabras que no conseguía encontrar.

- Mira. Hemos bebido demasiado. Esto no debería haber ocurrido- susurró Mariglo intentándole quitar importancia a la situación.

- Pero, no lo entiendes. Yo llevo esperando este momento mucho tiempo. Yo…yo creo que te quiero- dijo Reyes mirando a Mariglo directamente a los ojos. A ella, en ese momento le entraron ganas de reír, pero lo evitó mirando al suelo por respeto.

- ¡No no!- gritó ella- tú estás confundido. Sólo tienes veintidós años…- susurró Mariglo intentando tranquilizar a Reyes.

- Tengo veintidós años y no he estado más seguro de algo en mi vida- respondió Reyes con lágrimas en los ojos. Mariglo en aquel momento se asustó. Tragó saliva y miró a un lado y a otro.

- Tengo novio- logró decir intentando escapar de la mirada fija de Reyes.

- ¿Qué?- preguntó Reyes extrañado.

- Mira. Hemos bebido, estamos cansados. Si te apetece hablamos mañana, ¿vale?- respondió Mariglo arrepintiéndose de lo que le había dicho a Reyes e intentando huir de esa situación. Reyes asintió y se sentó en una piedra- me voy, ¿nos vemos mañana?- él sonrió lo más serenamente que pudo y despidió a Mariglo con la mano abierta.

Salió del bosque pensando en qué le diría a Reyes al día siguiente y pensando en Galo. Miró su reloj: las tres de la mañana. Aún era pronto y no tenía sueño: al parecer tenía demasiadas cosas en las que pensar. Fue a parar a Fuente Grande, como siempre y allí se sentó en una roca a pensar. Cogió dos rocas, intentando simular a Jordi y a Galo e intentando, vagamente, poner su cabeza en orden. “Han venido a desordenarme la vida” pensó. Escuchó voces a lo lejos. Entre las rocas más altas de la fuente había un hueco en donde Mariglo se escondió.

- Pero yo te quiero- decía Elisabeth entre sollozos- no puedes dejarme así. Dime qué es lo que he hecho mal. Puedo cambiar- decía ella cada vez más cerca de donde estaba Mariglo.

- Eli, cariño, yo no quiero que cambies por mí. Simplemente te estoy diciendo que quiero poner en orden mis pensamientos y quiero saber cuáles son mis prioridades- decía Galo exculpándose.

- ¿Quieres que nos vayamos a vivir juntos?- preguntó Elisabeth- o podemos hacer un viaje mejor. Yo…yo tengo claras mis prioridades, por favor…

- Eli, necesito estar solo- dijo Galo apartando de sus hombros las manos de Elisabeth. Galo vio a Mariglo- te prometo ir a buscarte mañana y hablar. Pero ahora necesito pensar.

- Pero ¿es que ya no me quieres?- preguntó Elisabeth desesperada.

- Claro que te quiero, pequeña- dijo Galo mirando hacia donde estaba Mariglo- simplemente necesito pensar, eso es todo.

Galo besó la frente de Elisabeth para despedirla. Ella se fue sollozando y sin dejar de mirarle un solo momento. Galo se acercó cabizbajo a las rocas y con las manos en los bolsillos.

- ¿Te has divertido?- preguntó cogiendo una piedra y lanzándola a la fuente.

- Yo…yo no quería escucharlo- se disculpó Mariglo saliendo de las rocas- he venido aquí porque necesitaba un respiro, necesitaba desconectar de todo lo que me envolvía y parece que está siendo más difícil de lo que pensaba- dijo mirando fijamente el agua e intentando buscar una excusa a su vuelta repentina.

- A lo mejor es porque tú lo haces más difícil de lo que es. La vida es fácil, Glo, nosotros la hacemos difícil.

- Estoy de acuerdo. Pero quizá sería muy aburrida si fuera fácil, ¿no?- respondió Mariglo entre risas. Galo sonrió. Ella no recordaba que su sonrisa fuera tan bonita. Él miraba el agua, y ella le miraba a él. Se quedó embobada sin darse cuenta y cuando él la miró, ella se sonrojó y apartó la mirada.

- Quizá no deberíamos hacer las cosas tan difíciles, ¿no?- dijo Galo mirando a Mariglo.

- ¿A qué te refieres?- preguntó Mariglo sabiendo perfectamente la respuesta y arrepintiéndose por haberlo preguntado.

- ¿A qué me puedo referir?- preguntó Galo acercándose a Mariglo.

- Dímelo tú- respondió ella mirándole a los labios y acercándose cada vez más a ellos.

- Mira cómo me está mirando esa niña- susurró Pablo- soy inválido no un monstruo.

- Simplemente le resulta extraño, no es porque seas un monstruo. Mira como también está mirando a aquella chica negra, y a aquella mujer con bastón. Los niños experimentan, lo observan todo, no te sientas mal- dijo Marta acariciando a Pablo- El más mínimo cambio les parece extraordinario. Supongo que como a todos, ¿no?

- ¿Sabes?- dijo Pablo mirando a Marta- me gustaría que todo el mundo me mirara como lo haces tú.

- Y ¿cómo te miro yo?- dijo Marta sonriendo y clavando sus ojos en Pablo.

- No lo sé. No me haces sentir diferente, no me haces sentir especial como hacen todos. No te compadeces de mí, contigo puedo olvidarme de que no puedo ni siquiera correr. Me haces sentirme una persona normal- dijo Pablo cogiendo fuertemente la mano de Marta.

- Pues, ¿sabes?- preguntó Marta.

peaton-y-silla-de-ruedas[1]

- ¿Qué?- susurró él.

- Que a mí me pasa completamente lo contrario: me haces sentir la persona más especial del mundo, una persona diferente, una persona mejor.

MG XV

Galo miró a Mariglo abrazándola y adentrándose en el agua. Al cubrirle los hombros ella fue a por su prenda y se la puso sin decir una palabra. Todos pasaron por alto el comentario de Elisabeth ya que afirmó que pensaba que Reyes la estaba rozando y se asustó.

- Voy a secarme- dijo Mariglo saliendo del agua avergonzada.

- Glori, cariño, ¡que no pasa nada!- gritó el padre desde el agua. Mariglo se sentó en una roca recordando lo que la desconcertaban los imprevistos.

- ¡Vamos a comer!- gritó su tía desde una roca alta. Todos se acercaron hacia la mesa secándose con sus toallas. Después de comer, jugaron un poco al balón comentando ciertas cosas y así pasó un día soleado de domingo en familia. Había una cierta tensión de miradas entre Elisabeth y Galo. A la hora de recoger, sonó el teléfono de Jaime. Al parecer, las cosas no habían ido bien con su negocio en Madrid y tenía que volver.

- Volveré en cuanto pueda- dijo Jaime besando la frente de Mariglo. Ella sonrió mirándole y deseándole que aquello fuera cierto.

- Glori, hemos quedado esta noche a las doce en la Plaza Mayor. Ponte guapa. ¿Te paso a buscar a menos cuarto?- dijo Elisabeth. Mariglo asintió sin tener ganas de ir a la fiesta. Recogieron y se fueron cada uno a su casa.

Mariglo abrió su maleta y con ayuda de su hermano logró encontrar un conjunto para aquella noche. En el coche, Mariglo recordaba las veces que había intentado ir a hablar con Galo y se había dado la vuelta. Pensaba en las veces que había imaginado el diálogo entre ellos dos cuando ella le dijera que lo seguía queriendo. O lo que es peor: que no sabía lo que sentía. Sentía esas ganas locas de estar con él, de abrazarlo y de sentirlo en sus brazos. Pero por otra parte sentía esa necesidad de tenerlo alejado de ella.

- Con el tiempo el olvido es más fácil- dijo Jaime mirando a Mariglo. Su hermano tenía la peculiaridad de saber en todo momento en qué pensaba ella. Se ducharon y bajaron a cenar. Sus padres estaban planeando un viaje a Badajoz para ver a unos antiguos vecinos que se habían comprado una casa allí hacía unos años. Tras la cena, Mariglo subió con su hermano a vestirse. Jaime se iba a la mañana siguiente, pero decidió salir un rato igualmente. A las doce menos cuarto Elisabeth llamó a la puerta. Llevaba un vestido fabuloso de color verde, se había alisado el pelo y se lo había dejado suelto. Aquella noche había refrescado un poco. Mariglo se había puesto unos pantalones largos y una simple camiseta de color azul. Estaba nerviosa por volver a ver a todos sus antiguos amigos que hacía diez años que no veía.

Y allí estaban todos: Julia, Miguel, ‘el Piti’, María, Jose Miguel, Fran, a otros muchos más que no lograba distinguir entre la oscuridad y a mucha gente nueva. La mayoría se alegraron de ver a Mariglo y a Jaime. Les saludaron con efusividad y alegría y en seguida se pusieron al corriente de sus vidas. El alcohol iba de un lado para otro y era imposible ver una copa vacía. Mariglo pudo ver como Elisabeth y Galo discutían. Recordó que Galo tenía la misma posición que cuando eran pequeños y discutían. Él se sentaba, la miraba y hacía que la escuchaba. Sabía que de un momento a otro lo arreglarían y él la besaría. Galo siempre arreglaba las cosas así cuando estaba con Mariglo así que pensó que haría lo mismo con Elisabeth. Pasadas las tres de la madrugada, Jaime abandonó la fiesta bailando mientras se despedía. Todos le miraban y le cantaban ebrios por el alcohol. Mariglo ya notaba que sus pies no le respondían del todo, pensaba que las situaciones iban más lentas y notaba ya una cierta dificultad al hablar.

- ¿Otra copa?- dijo Reyes acercándole un vaso de plástico lleno de vodka con naranja. Mariglo miró a Galo, que seguía en la misma posición, y a Elisabeth que no había parado de hablar desde entonces.

- ¿Podemos ir a otro sitio?- preguntó Mariglo cogiendo el vaso de Reyes y queriendo desaparecer de aquel lugar. Se sentaron en una roca a unos veinte metros de los demás y Mariglo explicó a Reyes en qué consistía su trabajo. Él no paraba de reírse, cosa que la motivaba más en seguir contándole historias, aunque era consciente de que se reía porque estaba bebido. Los ojos de Reyes cada vez estaban más cerrados, y cuando sonreía tenía incluso que imaginar de qué color eran sus ojos.

- Y bueno, eso es todo- dijo Mariglo acordándose de Jordi. Y al saber que ‘eso no era todo’ se bebió de golpe lo que le quedaba en el vaso. En ese momento Reyes la besó. Mariglo siguió su beso pensando en Jordi, hasta que se dio cuenta de que no era él y le apartó.

- ¿Qué haces?- susurró Mariglo. Entonces, a lo lejos, pudo ver como Galo les observaba solo y quieto. Mariglo le miró y volvió a mirar a Reyes.

MG XIV

Su padre llevaba una nevera llena de cervezas y con una tortilla de patatas enorme que su madre hacía con cebolla y pimiento. Esa tortilla le recordaba a cuando se la hacía su abuela. Siempre se quedaba a comer en su casa cuando se ponía mala y no podía ir a la escuela, y, como sabía que le gustaba, era lo que le cocinaba. Los padres de Elisabeth no sabían que ella estaba saliendo con Galo así que se hicieron más interesantes los silencios que las palabras. Cada familia fue en su coche. Acostumbraban a ir a una de las montañas que estaba a diez minutos de sus casas en donde había un lago. Habían ido allí desde que Mariglo tiene uso de razón.

- Hacía años que no venía por aquí- susurró Mariglo acercándose a la orilla del lago.

- A lo mejor es que hace años que te has desentendido de esto, ¿no?- dijo Galo detrás de ella. Mariglo se giró mirando al suelo, sin poder mirarlo a la cara.

- ¿Cómo estás?- logró decir. Entonces se aproximó y le dio un beso en la mejilla- Al parecer todo va bien- dijo mientras volvía a girarse hacia el lago. Atendieron los dos a un comentario que escucharon de los padres de Galo. Aún pensaban que ellos seguían con el mismo sentimiento desde que eran adolescentes- Qué equivocados están- dijo Mariglo sonriendo y dejando a Galo frente el lago. En realidad le molestaba que eso no fuera así. Era normal que no fuera el mismo sentimiento, pero ella aún sentía algo por él, algo que aún no sabía qué era.

Entonces llegaron los demás. Reyes llevaba en su mano una sombrilla que puso al lado de la mesa. Se sentaban en el suelo, entre las rocas, con cojines que tiempo atrás habían comprado para ello. Elisabeth en seguida se quitó la ropa y mirando a Galo se tiró al agua. Mariglo miró a su hermano pensando que estaba haciendo lo mismo que ella cuando tenía su edad y sonrió. Galo parecía que no le daba mucha importancia a ella porque ni siquiera la miró.

- Gloria, ¿te han dicho que esta noche hay una fiesta?- preguntó Reyes ayudando a su madre a sentarse.

- Pues no, no me habían dicho nada- respondió Mariglo cogiendo una aceituna.

- ¿Ya os conocéis?- dijo la madre de Reyes. Los dos se miraron asintiendo y sonrieron- Ay, Gloria, pues no sabes lo enamorado que estaba mi hijo de ti desde que era pequeño. Cada día estaba hablando de ti ¿Verdad hijo?

- Sí, bueno. Tonterías de crío- dijo mientras se quitaba la camiseta mirando a Mariglo. Reyes tenía un cuerpo atlético y él lo sabía. Hacía ejercicio y solía jugar a fútbol con algunos amigos en Madrid- ¡Está muy buena el agua!- gritó desde el lago.

- Anda, Glo, vamos a bañarnos- dijo su hermano.

- No, no me apetece, quizá más tarde

Estaban casi todos en el agua. Quedaba la tía de Mariglo y su madre que estaban sentadas en una roca hablando. Mariglo se aproximó para ver de qué estaban hablando: creían que entre Elisabeth y Reyes había algo. Al oír eso decidió irse al lago para no dar su opinión sobre el tema. Le hizo gracia ver que las cosas no cambiaban y que las especulaciones, ya sea en un pueblo o en una ciudad, siempre se hacían. Empezó a quitarse la camiseta y la falda cuando llegaron Jaime y Galo corriendo con intención de tirarla. Tras pataletas y arañazos consiguieron llevarla hasta la orilla.

- ¿Te tiro?- dijo Galo sonriendo que era el único que acabó sosteniéndola- ¿Te tiro?- volvió a decir haciendo un falso intento de tirarla. En ese momento, la parte de arriba del bikini se desató y Mariglo pegó un chillido. Galo la soltó con cuidado asustado y Mariglo abrazó a Galo con intención de taparse. Pero el bikini ya estaba en el agua.

- ¿Qué coño haces?- dijo Elisabeth celosa. Y todos la miraron.

MG XIII

El chico no levantó la cabeza del suelo, caminaba recto mientras arrastraba su maleta. Mariglo no conseguía ver del todo su cara.

- ¿Galo?- volvió a preguntar.

- ¿Eh?- dijo el chico- creo que te equivocas. Soy Fernando, pero me llaman Reyes. ¿Tú Eres Gloria?- dijo el chico dejando sus maletas en el suelo y el pan de pagés encima. Mariglo le miró extrañada, pues ella no sabía quien era él

- Bueno, somos vecinos. Yo tengo veintidós años, supongo que no te acordarás de mí- Mariglo miró al chico decepcionada por no ser Galo y a la vez intrigada por saber quién era ese chico. Se despidió lo más simpáticamente que pudo y se fue a su casa aceleró el paso para no tener que darle conversación.

Ya era de día. Los pájaros más madrugadores ya cantaban de buena mañana y ella decidió hacerse un nescafé. Calentó la leche en una taza que su madre tenía desde que ella era pequeña. Se sirvió tres cucharadas, pero antes de meter la cuchara en el vaso pensó que tal vez tres eran pocas y puso una más.

- ¿Es chocolate o nescafé?- dijo su hermano desde la puerta de la cocina.

- Eli está con Galo- dijo Mariglo moviendo el contenido de la taza.

- Ah ¿sí? Muy bien ¿no?- respondió su hermano entrando en la cocina y preparándose un café – No has dormido ¿verdad?

- Jaime, se llevan diez años. Ella es muy joven- susurró Mariglo sentándose en una silla. Su hermano la miraba sabiendo perfectamente la sensación que Mariglo estaba sintiendo y buscando una buena respuesta que la dejara convencida.

- ¿Pretendes que te espere toda una vida sin saber nada de ti? No sabía que eras tan egoísta ¿Acaso tú no has hecho tu vida? Los demás también tienen derecho a vivir la suya. El tiempo no se para cuando tú no estás, las plantas crecen, los días siguen pasando- respondió su hermano acercándose poco a poco a Mariglo.

- Sí. Supongo que tienes razón- dijo Mariglo levantándose de la silla. Dejó la taza en el mármol y se fue hacia su habitación- buenas noches, Jaime. Supongo que mañana será otro día.

Jaime miró su reloj y sonriendo al saber que sólo le quedaba una hora para despertarse de nuevo. Él tenía la costumbre de levantarse temprano para ir a correr. Y así lo hizo. Se puso ropa cómoda y se fue a correr. El reloj daba las nueve cuando el padre de Mariglo entró en su habitación. Se sentó a los pies de su cama para observar cómo dormía y cómo había pasado el tiempo. En la mesita de noche, tenía un marco con una foto de cuando Mariglo tenía diez años y fueron a Andorra. Llevaba una chaqueta rosa y una bufanda roja. Sus botas también eran rojas y tenía la cara roja del frío que estaba pasando.

- Glo, cariño. Buenos días- dijo su padre acariciando la cara de su hija. Mariglo se despertó sonriendo al escuchar la voz de su padre y recordando las mañanas de ir a la escuela- me alegra mucho que estés aquí- susurró mientras la besaba en la cara. Mariglo se duchó y cuando se vistió bajó a desayunar. Aún bajaba bostezando cuando llegó a la cocina. Su madre estaba sentada desayunando con su padre. Acababa de llegar Jaime.

- Buenos días- gritó Jaime con alegría- voy a ducharme. Por cierto, he visto a Galo corriendo. Dice que ellos también vienen- dijo Jaime mirando a Mariglo. A ella le entraron náuseas que intentó disimular cogiendo otra taza y sirviéndose otro nescafé.

- Vaya, al final se han animado. Ayer no estaban seguros. La verdad es que hace muy buen día- dijo su madre apartando la cortina de la cocina para mirar el cielo- habrá que llevarse crema protectora ¿eh?- dijo levantándose y mirando a su marido. Cuando lo tuvieron todo preparado salieron por la puerta. Mariglo suspiraba y respiraba pensando qué cara poner y cómo reaccionar y Jaime no paraba de sonreír al ver la situación. Y allí estaban todos. Allí estaba Elisabeth mirando a Galo con cara de enamorada. Allí estaba Jaime sonriendo y mirándolos a los tres. Allí estaba Galo mirando a Mariglo y allí estaba ella mirando al suelo con ganas de llorar.

- ¿Ya estamos todos?- dijo la vecina de la puerta de al lado. – Ahora sí- dijo Reyes saliendo de la casa de al lado, el chico que se había encontrado aquella madrugada- no podría perderme esto.

MG XII

Mariglo miró a su prima intentando recomponer su cara, tragando saliva y respondiéndole que se alegraba mucho por ellos. Entonces cayó en la cuenta de que su prima no debía saber que ella estubo con Galo hace tiempo porque entonces Elisabeth tenía nueve años.

- ¿No es muy mayor para ti?- despertó Mariglo dejando de mirar al suelo.

- Bueno, sólo son diez años. Además, yo creo que él se ha enamorado de mí- dijo Elisabeth con los ojos llorosos clavados en los de Mariglo. Ella miró a Elisabeth intentando darle la razón pero muriéndose de rabia por dentro. Elisabeth tenía unos ojos verdes heredados de su padre que Mariglo no había heredado de su madre. Su cuerpo ya estaba del todo formado. Aún asomaba por su cara algún que otro granito pero tenía la piel suave. Tenía el pelo moreno, un poco más oscuro que el de Mariglo y llevaba una trenza larga apoyada en su hombro derecho. Además se había puesto unos pendientes enormes y redondos y una camiseta que dejaba ver la parte del hombro donde estaba la trenza. Llevaba mucho maquillaje, por lo que sus ojos aún parecían más grandes. Acostumbraba a llevar zapatos de tacón,siendo más alta que Mariglo. Ésta no había cogido ni uno, todo lo que llevaba en su maleta rápidamente improvisada era calzado plano. Ya siendo pequeña, Mariglo sabía que Elisabeth iba a ser guapa, pero nunca se hubiera imaginado que iba a estar con Galo.

- Es muy tarde ya, ¿no? estoy cansada, creo que me voy a ir a dormir- Mariglo aceleró el paso, dejando a su prima detrás como si no quisiera verla.

- Vale, Glori, mañana seguimos hablando- Elisabeth la abrazó por detrás y se marchó.

Mariglo hizo como si estubiera abriendo su puerta y cuando Elisabeth entró en su casa ella se sentó en el escalón y se puso a llorar. La ventana de la habitación de sus padres daba directamente a la calle así que decidió irse de allí. Era una casa grande, blanca y con las puertas marrones. Tenía tres pisos. En el primer piso domían sus padres. Allí también estaba el recibidor, la cocina, el salón y un baño. También había una pequeña terraza cubierta, en donde Mariglo había visto llover algún verano. En el piso de arriba estaban las tres habitaciones y otro baño. La habitación de Mariglo era la más pequeña. Era más pequeña que la de los invitados pero para ella era la más bonita. Tenía una ventana enorme como cabezal de cama por la que se veía Fuente Grande, pues no habían construido ningun piso por esa parte y se veía casi todo el pueblo. En la planta de arriba, y la última, estaba el desván donde había recuerdos que ni ella se podía imaginar. Acabó en Fuente Grande. Donde siempre quedaba con Galo, donde pasaba los mejores momentos de verano aunque también los peores. Se acordó entonces de que Galo había puesto sus nombres en un árbol cerca de allí. Mariglo era lo primero que iba a mirar cuando el uno de agosto de cada año llegaba a Ocaña. Y así lo hizo. Pero el árbol ya no estaba. Alguien lo había tirado tal y como se había evaporado la magia que había entre ellos. Entonces lo entendió: el tiempo había pasado, el agua seguía fluyendo y las piedras eran piedras nuevas. Sonrió al recordar los buenos momentos que habían pasado y después de estar un buen rato pensando y viendo que ya estaba empezando a salir el sol decidió irse para casa.

Mariglo pensó que Galo llegaba ese día. Y que a lo mejor, como en las películas, se lo encontraba al llegar a su casa. Ellos vivían uno en frente del otro. Desde siempre. Mariglo pensó en quedarse sentada en su puerta hasta que Galo llegara pero cuando iba de camino escuchó un ruido. Mariglo se giró y vio a un chico con una maleta, con un enorme pan de pagés y con la cabeza mirando al suelo.

- ¿Galo?- preguntó Mariglo gritando.

MG XI

Mariglo entró en el aeropuerto sin saber bien bien por qué lo estaba haciendo. Miraba de vez en cuando hacia atrás y diciéndole adiós a sus amigas sin querer realmente irse. Una vez dentro, se sentó y puso sus manos en la cabeza. Aún no se le había pasado del todo el efecto del alcohol y le estaba entrando sueño.

- Esto es una locura- dijo susurrando mientras se levantaba y se ponía las manos en la cabeza. Tenía ganas de llorar, como si la hubieran estado obligando a hacer algo que no quería. Miraba a un lado y a otro pensando que ya no podía dar marcha atrás.

Al subirse en el avión temblaba. Tenía la sensación de que se olvidaba algo por no haberlo planeado con tiempo. Se imaginaba desde fuera sin dar crédito por su manera de actuar. “La Mariglo de hace una semana no haría esto” pensaba mientras se sentaba. Le había tocado al lado de la ventana y al lado, se sentaba un señor mayor que por lo que le explicó iba a cumplir una promesa. Ocaña era un pueblo muy devoto, la mayoría de las fiestas se hacían en semana santa. La madre de Mariglo siempre había sido partidaria de ir a la iglesia los domingos y rezar antes de irse a dormir. Su padre por el contrario, aunque respetaba la decisión de su mujer, no entendía la devoción de los habitantes de allí por lo que no la compartía.

Aterrizó el avión en Barajas. Y salió corriendo a por un taxi. Recordó entonces que nunca había ido a Ocaña en avión, que siempre había viajado con sus padres en coche. Al volver a ver Fuente Grande le pidió al taxista que se parara. Al bajarse del coche y oler la tierra mojada de las montañas recordó que allí se dió su primer beso con Galo. Miró a su alrededor y vio que todo seguía igual, era como si el tiempo no hubiera pasado. Incluso pensó que las piedras eran las mismas y el agua no se había movido desde aquel día. Su casa no quedaba muy lejos de allí y decidió hacer el mismo recorrido que hacía cuando quedaba con Galo. Habían abierto un par de tiendas más y en esa época de verano aún estaban los vecinos en la calle. Mariglo se asomó intentando no hacer ruido con su maleta y vió que estaba toda su familia en la calle sentada en una mesa y jugando a las cartas, como en los viejos tiempos. Allí estaba su hermano, sus padres, sus tíos, y, extrañamente, los padres de Galo. Respiró hondo mirando al frente y rezando para no encontrárselo. Sacó valor y comenzó a andar. Iba sonriendo intentando pensar en la reacción de sus padres y se moría de ganas de abrazar a su hermano. Jaime fue el primero en reconocerla. Se levantó en seguida gritando como un loco su nombre y corriendo hacia ella. Se abrazaron. Mariglo soltó la maleta en medio de la calle y rodeó con sus piernas la cintura de su hermano. Después abrazó a sus padres y a sus tíos y luego a los padres de Galo. Su padre le sacó una silla de adentro y su madre le sacó una cerveza.

- Pero…¿cómo es que has venido? ¡No te esperábamos!- dijo su padre emocionado de verla- ¿te ha pasado algo?- preguntó intrigado por la decisión repentina de su hija.

- Bueno, necesitaba unas vacaciones- dijo Mariglo cogiendo su cerveza.

- Tu hermano iba a ir para allá dentro de poco- dijo la madre de Mariglo.

- Bueno, yo estaré por aquí dos semanas o así- respondió Mariglo- si quieres luego nos vamos juntos para Barcelona.

- Ay niña ¡qué bonita que estás!- dijo la madre de Galo. Mariglo la miró sonriendo e intentando agradarle. Después de hablar un buen rato y no dejar de sonreír pensó en que tal vez Galo estubiera por ahí.

- Bueno y ¿qué tal está Galo?- dijo Mariglo mientras le daba un sorbo a su cerveza.

- Pues Galo viene mañana- dijo la madre- se ha ido con unos amigos de viaje a Pamplona- ya le diremos que pase mañana a verte que sabemos que érais muy buenos amigos. Mariglo asintió sonriendo y se despidieron para hacer la cena. Entraron las mesas adentro y mientras Mariglo ayudaba a su madre a hacer la cena, Jaime y su padre ponían la mesa.

- Mañana habíamos pensado en ir a la montaña con tus tíos. Vendrá Elisabeth también. Hace mucho tiempo que no os véis, ¿no?- dijo la madre de Mariglo mientras cortaba las patatas.

- Pues sí. He hablado un par de veces con ella por internet, pero no sé nada de ella- dijo Mariglo mientras batía los huevos.

Al acabar de cenar llamaron a la puerta: era Elisabeth.

- ¡ Hola Glori !- dijo Elisabeth mientras abrazaba a Mariglo.

- Mama, saldré un rato con Eli, luego vuelvo. ¿Vienes Jaime?- dijo Mariglo desde la puerta.

- No no, id vosotras. Nos vemos mañana.

Caminaron por las calles comentando los últimos diez años sin verse. Elisabeth estaba trabajando desde hacía dos años en una tienda de cosméticos y se la veía muy feliz. Mariglo le habló a su prima de Jordi.

- Los chicos así no merecen la pena, Glori- dijo Elisabeth- aunque siempre se escapa alguno bueno- dijo entre risas.

- Uy, uy…- dijo Mariglo mirando a su prima de reojo- ¿Qué pasa? ¿ya tienes novio?- dijo parando a su prima en medio de la calle.

- Sí, bueno. Novios no somos, pero…- dijo Elisabeth haciéndose de rogar.

- ¡Dímelo!- dijo Mariglo gritando.

- Bueno, verás, hace dos semanas o así que me estoy viendo con Galo. ¿Te acuerdas de él?

Entradas antiguas »