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MG VI

Antes de pagar al taxista, sacó un pequeño espejo de su bolso y se retocó el maquillaje. Al salir se puso bien la falda, se retiró el flequillo de la cara y caminó hacia la puerta. Al llegar a su oficina, un nuevo post-it la esperaba encima de su portátil apagado. “Glo, ha venido una vieja amiga de Madrid y me va a ser imposible ir a comer contigo. ¿Cenamos esta noche? Jordi.” Miró a un lado y a otro pensando que era una broma hasta que se dio cuenta de que no. Se sentó en la silla con el post-it en la mano y se quedó mirando fijamente el marco de una foto que tenía con su hermano en la mesa de su despacho. Reaccionó cuando entró su superior.

- Gloria. ¿Cómo lleváis el caso de la custodia de la niña? Quiero un informe detallado- dijo señalando hacia su mesa de trabajo- ¿Sabes algo de Jordi? No logro localizarlo.

Mariglo se moría de ganas de decirle que estaba con una chica y que estaba descuidando su trabajo. Pero al final le dijo que había ido a interrogar a la profesora del colegio de la niña. Su superior quedó contento y recordó a Mariglo que ese año tenía dos semanas de vacaciones en agosto y que su mujer trabajaba en una empresa de turismo. Tras irse su superior del despacho, cogió un bolígrafo y escribió un post-it para Jordi. Al no caberle decidió coger una hoja blanca: “Jordi, espero que vaya muy bien la comida. He ido a ver a la profesora de la niña del caso. Le he dicho al súper que has ido tú porque no te encontraba. Me debes una. Gloria” Mariglo se moría de ganas de decirle que esperaba que le fuera muy mal la comida y que no volviera a ver más a esa amiga, pero no quería parecer celosa y desesperada. Cogió su maletín y salió hacia el colegio.

Al llegar allí no pudo parar de sonreír en todo momento, recordó su infancia en un centro muy parecido. Llamó al timbre y entró. Esperó en el hall mientras la recibía la directora. La columna principal simulaba un árbol y tenía enganchado hilos que llegaban a una punta y otra de las paredes. De los hilos colgaban flores preciosas que supuso que habrían hecho los niños de allí. También había un cuadro enorme con el mapa del mundo y sus capitales señalizadas con las respectivas banderas. De la enorme escalinata principal bajó la directora del centro: una mujer bajita, con el pelo rizado blanco y los ojos pequeños y claros.

- Me llamo Inés- dijo la mujer- en qué puedo servile. -

Soy la abogada de la madre de una alumna que está en trámites de separación- dije sujetando mi maletín con las dos manos- me preguntaba si podía hacerle unas preguntas a su profesora.

La directora la acompañó hasta la clase de la niña. Llamó a la puerta y Mariglo pudo concretar una cita con la profesora. Quedaron después de comer en el bar de la esquina de aquella misma tarde. Mariglo se sorprendió al ver con la naturalidad que expresaba las emociones aquella profesora y lo dispuesta que estaba con que se hiciera justicia. Mariglo iba anotando lo que creía importante en una libreta pequeña que se había comprado en un todo a cien. Al acabar, pidió el número de teléfono a la profesora y se marchó.
Llegó al despacho con los pies destrozados después de haber andado tanto. Pasó por el despacho de Jordi sin mirar aunque notó que estaba allí dentro. Pudo escuchar que estaba hablando por teléfono así que pasó deprisa. Se sentó en su silla buscando vanamente una nota de agradecimiento por parte de Jordi. Pero no. No había ninguna nota. Encendió su ordenador para empezar a escribir su informe pero al ver que no se concentraba lo apagó y se fue para su casa. Al llegar a casa y tras la rutina de siempre, se tumbó en el sofá con el pelo mojado y se hizo un bol de palomitas. Recién sonadas las diez y media sonó su móvil: era Jordi.

MG V

- Claro que lo sabía, Flavia. Tenías a mi hermano enamorado desde hacía dos años. Sólo le faltó publicarlo en los periódicos- dijo Mariglo.

- O sea, que soy la última en enterarse de esto ¿no? Vaya dos damas de honor me he buscado…- dijo Cleo mientras alzaba su mano con la palma mirando al cielo- creo que está empezando a llover.

El cielo ya anunciaba lluvia desde hacía un rato. Tronaba y tronaba pero ellas no habían dejado ni un momento de charlar entre ellas. Había empezado a llover. El suelo olía a tierra mojada y Mariglo recordó cuando de pequeña llovía en Ocaña. Mariglo iba todos los veranos allí con sus padres hasta que entró en el bufete. Allí tuvo su primer amor: Gonzalo, al que todo el mundo llamaba Galo. Mariglo había visto a Galo todos los veranos de su vida desde que tiene uso de razón. Galo era un chico pelirrojo muy gracioso que le endulzaba los veranos aburridos en Ocaña. Cuando llegaba el invierno, Galo le enviaba dos o tres cartas a Mariglo diciéndole que la quería hasta que se cansaba y dejaban de cartearse. El uno no se acordaba del otro hasta que se volvían a ver. Cuando Mariglo cumplió diecinueve años, y encontró un trabajo, dejó de ir a veranear a Ocaña con sus padres y dejó de saber de Galo. Ahora, sin saber porqué se había acordado de él.

- Nos vamos a ir, Glo- dijo Flavia estirando sus brazos- mañana tengo que lamerle un poco más el culo a mi jefe- rieron las tres.

- Yo me voy, que mañana he quedado con la florista- dijo Cleo sonriendo. – ¿Vas a empezar ya? Si aún te queda un año- dijo Flavia entre risas.

- Mira, mona, no sabes lo que es una boda ¿eh? Hay que preparar muchas cosas- respondió Cleo indignada.

- No empecéis otra vez. Nos vemos el sábado, entonces. Que os vaya muy bien la semana- dijo Mariglo despidiéndose desde la puerta.

- Vale, Glo cariño, que te vaya muy bien la comida mañana. Te llamaré por la tarde- dijo Cleo- por cierto, me han comentado que inauguran un local en Barcelona de unos amigos míos. Si queréis ir me llamáis. Es el viernes por la noche.

- Yo lo dudo, pero te llamaré igualmente para ver qué tal te han ido las flores. Pero no las compres ahora…que de aquí a un año ya se habrán puesto mustias- dijo Flavia riéndose. Rieron las tres imaginando la absurda situación- Nos vemos el sábado.

- Hasta luego- dijeron las tres.

Mariglo recogió la terraza mientras pensaba en que la ropa que se había preparado no era la ideal para comer con Jordi. Ella sabía, por las chicas con las que lo había visto, que le gustaban coquetas y femeninas. Normalmente Mariglo iba con pantalones, pero aquella noche sacó una falda preciosa acompañada de una camisa azul. Se lo probó sin darse cuenta de que le estaba dando demasiada importancia a una comida de trabajo y se fue a dormir pensando en cómo sería.

Gas Natural

- Hola buenas tardes.

- ¿Quién ereh?

- La llamo de Gas Natural para informarle de las últimas ofertas que tenemos. Tengo aquí apuntado que usted utiliza gas butano aún…

- Zí, zí. Pero nozotro zomo mu mayore y yo ehtoy mu a guzto azí.

- Pero…

- Que no nena, mira, yo cojo un butano y me dura do zemana pa guizá y pa bañarme. ¿Tú zabe lo que ezo me dura a mí?

- Ya, bueno ¿Y el aire acondicionado?

- ¡Uh! Ezo no puedo. Me operaron hace do año de una catarata en el oho ihquierdo y no me puede dar aire fuerte.

- Bueno mujer, pues a cuidarse.

- Ale, adió- y cuelga- pué lo que te iba disiendo, que yo cuando era joven compraba medio kilo de almeha, que ezo eran doh duro y me hasia un sofrito que noh duraba pa toa la zemana. Y luego tuh abuelo cuando traía ……….

 

Contrataré a mi abuela para que me despida así de rápido a todas las personas que me llaman para venderme algo.

Hermana mayor

Andrea no podía creerse que su hermana le hubiera hecho eso. Miraba sus zapatillas nuevas: eran rojas y con un lacito en medio. Las miraba fijamente con miedo de mirar alrededor y verse sola. Imaginaba que de un momento a otro llegaría su hermana a buscarla. Aquellas zapatillas nuevas le habían hecho mucho daño y esperaba que ella la ayudara a andar. Pero no lo hizo, su hermana se fue. Entonces Andrea se quitó sus zapatillas nuevas y se marchó. Anduvo llorando descalza un buen rato. Se marchó sin saber que su hermana había ido a por el coche para que no tuviera que andar. Se marchó llorando sin saber que no estaba sola.

MG IV

El anillo era de oro blanco muy fino y llevaba un diamante de tonos azules que se iluminaba cuando Cleo movía la mano. Cleo tenía las manos muy finas y siempre tenía las uñas perfectas, pero no lo llevaba puesto, se lo había guardado en una caja para que fuera una sorpresa para ellas.

- ¿Cómo te lo ha pedido?- preguntó Mariglo.

- Bueno, ha sido un poco típico, me lo ha llevado esta mañana a la cama con el café- dijo Cleo sonrojada.

- ¿Te lleva el desayuno a la cama? – dijo Flavia sin darle importancia a la noticia- joder con Mateo.

- Que no le llames Mateo, ya te he dicho que le gusta que le llamen Mat- dijo Cleo enfadada.

- Para mí, siempre será Mateo. ¿O acaso llamamos a Glo ‘Mariglo’?- dijo Flavia riéndose.

- Va, chicas, dejadlo ya- dijo Mariglo para liberar tensiones- ¿Seremos tus damas de honor?

- Eso no hay ni que preguntarlo. La hermana de Mat se ofreció, pero ya le dije que ya estaban asignadas- brindaron satisfactoriamente, sintiéndose bien con ellas mismas y alegrándose por la felicidad de Cleo. Mariglo se levantó a por tres botellas más- Por cierto, Glo, he invitado a tus padres y a tu hermano, en una semana les llegará la invitación.

Los padres de Mariglo vivían en Ocaña, un pequeño pueblo de Toledo. Se fueron allí cuando sus hijos cumplieron los dieciocho. Aquel era un pueblo tranquilo, en donde tenían una casa y en donde su padre, Javier, había veraneado desde que era joven. Su hermano, Jaime, se fue cuando tenía veinte años a Madrid. Allí montó un club nocturno de ambiente gay. Mariglo recordó a sus amigas cuando Jaime pretendía a Flavia. Flavia tenía dieciocho años y Jaime acababa de cumplir veinte, cuando le quedaban dos meses para irse a Madrid. Entonces él trabajaba en una heladería en Paseo de Gracia de Barcelona. Mariglo siempre pasaba las tardes allí con sus amigas. Allí también estaba Blanca, la que entonces era novia de Jaime.

- Lástima que ahora esté pillado ¿eh Flavia?- dijo Cleo riendo junto con Mariglo.

- Veréis, tengo que contaros algo- dijo Flavia con una medio sonrisa y sin apartar la vista de la botella- ¿Recordáis aquella noche en la que celebrábamos que Mariglo entraba en derecho?- las dos muchachas asintieron al recordar la noche- Pues estuve con Jaime.

- ¿Qué?- gritó Cleo- ¿De verdad?

- No me lo puedo creer- dijo Mariglo mientras le daba un sorbo a su cerveza. Flavia miró a Mariglo sorprendida por su reacción.

- Glo ¡lo sabías!- dijo Flavia levantándose de la silla.

MG III

Como era de costumbre al llegar a casa, se quitó los zapatos en la puerta y caminó descalza con ellos en la mano hacia su habitación. Volvió a poner ‘Have yourself a merry Little Christmas’ y se bañó. Estuvo relajándose hasta que, sorprendentemente, llamaron a la puerta. Era su amiga Cleo. Cleo era modelo y había llegado pronto. Tenía el pelo largo, rubio y sus ojos eran grandes y azules. Mucha gente pensaba que no era española. Era alta y delgada. Sus piernas eran finas y largas, por lo que le encantaba llevar minifaldas. Gracias a ella, Mariglo había asistido a las mejores fiestas de su ciudad. Mariglo salió a recibirla con un albornoz rosa. Sabía que era Cleo porque tenía una manera peculiar de llamar al timbre: llamaba dos veces, la primera era rápida y la segunda más larga. Se alegró mucho al verla aunque sólo hacía cuatro días que la había visto. Allí estaba Cleo, igual de guapa y alegre que siempre. Mariglo se vistió y se preparó la ropa para el día siguiente. Entonces llegó Flavia. Flavia estaba metida en la política. Procuraba no ir a las fiestas por miedo a salir en la prensa. Flavia también era rubia pero más bajita. Sus ojos eran de un tono acaramelado que dejaba embelesado a cualquiera.

Fueron a la terraza de Mariglo. En su terraza, donde tendía la ropa del revés con el fin de que no se le fuera el color con el sol, tenía una tumbona de madera con una colchoneta de flores rosas y lilas. Al lado tenía una mesita en la que normalmente dejaba un libro y una botella de agua. También tenía una mesa de cristal con cuatro sillas acolchadas y enfundadas en un color blanco roto precioso. Allí pasaban las tardes de los miércoles, con sus cervezas sobre sus respectivos posavasos. Las conversaciones no acababan nunca y el saber que nadie las estaba escuchando hacía que la comodidad y la sinceridad se acrecentaran en verano.

- ¿Algo nuevo?- dijo Flavia mientras se quitaba la chaqueta.

- Pues sí- dijeron Mariglo y Cleo a la vez.

- Empieza tú- dispuso Mariglo con una sonrisa en la boca.

- No, no. Empieza tú, Glo- dijo bebiendo un trago de su cerveza.

- Bueno, es una tontería- las dos amigas la escuchaban admiradas e interesadas por lo que tenía que decir- Hay un chico en el bufete, seguramente que os haya hablado de él. Se llama Jordi fuimos a la facultad juntos…

- ¡No me digas más!- dijo Flavia pegando un manotazo en la mesa- ¿Te lo has tirado?

- ¡No!- exclamó Mariglo avergonzada- Simplemente me ha invitado a comer mañana- dijo sonriendo.

- ¿Y vas a ir?- dijo Cleo sin dejar de mirarla a los ojos.

- Pues supongo que sí que iré, es un amigo ¿no? Además llevamos un caso juntos- dijo Mariglo exculpándose.

- Glo, cariño, ve a comer y con él, y si la cosa se alarga…pues tira tu agenda por el retrete- dijo Flavia. Rieron las tres. Mariglo también rió aunque veía imposible eso de tirar su agenda.

- Bueno, pues ya nos llamarás mañana para ver cómo ha ido- dijo Cleo- Ahora me toca a mí. No os lo vais a creer- se puso de pie mientras alzaba su cerveza con una sonrisa resplandeciente. Mariglo y Flavia no entendían su felicidad.

- Suéltalo ya- dijo Flavia intrigada.

- ¡Que me caso!- dijo Cleo emocionada- ¿No es perfecto?

MG II

Se lavó la cara y se peinó. Cogió su ropa, el bolso, las llaves, una manzana y salió de casa corriendo. Al llegar a su despacho miró el correo: tres mensajes nuevos. Uno era de Jordi, un compañero de trabajo con el que tenía que llevar el próximo caso y los otros dos eran de publicidad. Mariglo era abogada y siempre pensó que defendía a “los malos”. Jordi le proponía comer juntos para intercambiar opiniones sobre el caso. Mariglo tenía presente la cita con sus amigas todos los miércoles y sábados de todas las semanas. Aún conservaba a dos amigas desde que tenía dieciocho años. En invierno iban a un bar que quedaba a dos manzanas de su casa y que estaba en un punto intermedio de las tres. En verano, como era el caso, quedaban en la terraza de Mariglo.

Cuando ella iba a comer se encontró a Jordi. Él era un chico alto, moreno y de muy buena planta. Además de ser una persona educada y amable. Mariglo nunca había empezado una relación por miedo a que se acabara. Tenía pánico al fracaso por lo que se arrepentía de no haber hecho muchas cosas aunque también se alegraba de no haber hecho muchas otras. Jordi le propuso ir a comer juntos al bar de la esquina y Mariglo, teniendo presente sus dos horas para comer, aceptó. En aquel bar la mayoría de la gente comía sola. Era gente de negocios, que tenía que comer en media hora y se marchaba. Jordi tenía la maravillosa manía de poner la servilleta en sus piernas y de sonreír en todo momento. Tenía una sonrisa preciosa, y unos dientes bien cuidados y aseados. Mariglo pensó en el menú: de primer plato había ensalada verde, espaguetis y una sopa verde que no le llamaba nada la atención. Se decidió por la ensalada, ya que siempre se peleaba graciosamente con los espaguetis. Jordi los pidió, y de una manera elegante fue dejando el plato vacío. En ningún momento se manchó la cara. En ningún momento se le escapó ninguno del tenedor. Hablaron de todo menos del caso. Mariglo había compartido alguna que otra clase en la facultad con Jordi y rieron al recordar a algunos compañeros y a ciertos profesores.  Mariglo miró su reloj y al ver que se había pasado dos minutos de las dos horas que tenía reservadas para comer se asustó.

- Me tengo que ir, lo siento.- Dijo Mariglo levantándose de la silla. Y se fue a mirar tiendas. Jordi se quedó sin saber qué decir, por lo que no pudo decirle nada. Miró alrededor y siguió comiendo. Ella, riéndose por lo ocurrido, miraba zapatos sin dar crédito al numerito que había montado hacía un momento.

Al llegar a la oficina había una carpeta sobre su mesa que tenía que ver con el caso que llevaban. Sobre ella sobresalía un post-it naranja en el que ponía “¿Cenamos esta noche?”. Mariglo cogió el post-it sin entender la reacción de Jordi. Arrugó el papel y lo tiró a la basura. Se sentó en su silla y después de un largo rato pensando, se levantó y fue hacia su despacho.

- Oye, que no voy a poder cenar contigo esta noche, ya tengo cosas qué hacer- Dijo Mariglo desde la puerta.

- Bueno, no pasa nada -dijo Jordi casi sin levantar la cabeza de un libro que leía- Podemos comer juntos mañana.

Mariglo sonrió y se marchó de su despacho. Se fue desconcertada con la actitud de Jordi. Al salir del bufete cogió un taxi y se fue para casa. Siguió desconcertada por lo que le había pasado, quería contárselo a sus amigas pero aún faltaban dos horas para que llegaran.

MG I

Gloria era su nombre completo, aunque su madre y sus amigas la llamaban Glo. Su padre, de una manera cariñosa, la llamaba Glori y sólo en su trabajo la llamaban Gloria. Aunque a ella siempre le había gustado el nombre de Mariglo, y tenía claro que si en algún momento llegara a ser famosa, se lo cambiaría. Mariglo se dio cuenta de que no le había cambiado la letra cuando, antes de defender a un cliente, leyó en su hoja la palabra ‘coartada’ casi inentendible. Casi había entrado en los treinta y seguía diciendo que tenía la letra de una niña de doce años. Recordó cuando de pequeña su profesora no entendía su letra en los exámenes y la suspendía por ello. Tenía la peculiaridad de hacer las erres en mayúsculas, cosa que le daba cierta personalidad a las palabras. Mariglo tenía la facultad de planearlo todo. Por ello, no salía de casa sin su agenda y un bolígrafo amarillo que le regaló su tía. Se lo regaló las Navidades pasadas y aún tenía tinta, a veces pensaba que no se acabaría nunca. Le gustaba dibujar un caramelo en su agenda a la hora de comer e utilizaba dos horas para ello. Luego, se dejaba una hora para ir a mirar ropa. Ella era una fanática del orden y de la rutina. Para cualquier persona la rutina era aburrida, pero para ella la rutina era un regalo. No le gustaban las cosas fuera de lo normal y todo aquello que la desestabilizara la dejaba trastornada. Disfrutaba escribiendo cosas en su agenda y se sentía realizada cuando, con una raya, marcaba que la tarea ya estaba realizada. Aquella noche al llegar a su casa, como de costumbre, se quitó los zapatos en la puerta y caminó descalza hacia su habitación con los zapatos en la mano. Fue soltándose el pelo hasta que abrió el grifo de la bañera. Fue a poner música y se bañó cantando ‘Have yourself a merry Little Christmas’ de Judy Garland. Le encantaba escuchar esa canción mientras se daba un baño relajante. Le encantaba imitar esa dulce voz que en ocasiones la hacía llorar. Su madre se la cantaba cuando era pequeña antes de irse a dormir y escucharla la hacía relajarse muchísimo. Al salir de la ducha Mariglo se puso su albornoz, abrió las puertas del armario y se sentó en la cama. Empezó a pensar en la ropa que se pondría al día siguiente y tras elegirla hizo la cena. Miró en el calendario de la dietista: dos piezas de fruta y un yogurt; el calendario estaba enganchado con un imán que le trajeron sus padres de un viaje a Menorca. Saco dos peras de la nevera y un yogurt natural, se sentó en el sofá y, viendo la tele, cenó. A las diez y media apagó la tele y se puso a leer en la cama hasta las once. Releía Los muertos de Joyce por tercera vez. Releía las frases una y otra vez con el fin de que no acabara. Un amigo se lo recomendó estando en la facultad y desde entonces es un libro que la acompaña siempre. Durmió hasta las siete y media. Hora en la que sonó el despertador que le advertía un nuevo día, un día igual que los demás.

Me gusta el agua, nadar sola, llorar en compañía. Me gustan las croquetas, escribir antes de dormir, ducharme todos los días. Me gusta pintarme las uñas de los pies, el verano, el nestea. Me gustan los chiringuitos, dormir, despertarme cuando quiera. Me gustan las sonrisas cálidas, los abrazos sinceros, las miradas profundas. Me gustan los collares, las chanclas, las pulseras. Me gustan los tacones altos, los bolsos, bailar. Me gustan los pañuelos, ver la tele, gritar. Me gusta divertirme, oler, viajar. Me gusta leer, ver, mirar. Me gustan los regalos, lo inesperado, llamar. Me gusta la familia, los amigos, que me llamen. Me gustan las corbatas, las camisas, los hombres altos. Me gusta andar descalza, respirar hondo, soñar despierta. Me gusta la Navidad en familia, salir de fiesta con amigos, ir al cine con un chico. Me gustan los quicos, las reconciliaciones, el marrón. Me gusta el olor a pintura, lo nuevo, las fotos. Me gusta comer fritos, pasear, la ropa. Me gusta mi trabajo, lo que estudio, mi presente. Me gusta la ortografía, hablar bien, tomar el sol. Me gusta imaginar mi futuro, vivir el presente, recordar el pasado. Me gustan los enamorados, las embarazadas, los abuelos. Me gustan los bebés, las tonterías, el cuarenta y tres con piña. Me gusta pensar, rectificar, perdonar. Tras las cosas que me gustan vienen TODAS las que no me gustan, pero no me ha apetecido recordar esas ahora…tal vez las escriba en otro momento.

Julia era una persona que se había pasado la vida escribiendo. Pero para ella, esto era lo más difícil que le habían mandado hasta ahora. Recordó entonces, cuando tenía siete años y tuvo en sus manos su primer diario. Sonrió al ver cómo intentaba hacer poemas de rima fácil hasta que se descubrió que la poesía no era lo suyo. Muchas veces ha sentido esa nostalgia de volver a tener aquellos siete benditos años, aquellos en los que el mayor problema era no saberse la tabla de multiplicar. A los ocho años empezó su primer diario serio. Quizá el más serio que haya tenido nunca. Aquel diario se lo compró su madre en una tienda de ‘todo a cien’ cuando las ‘cien’ eran ‘cien pesetas’. En la portada tenía la imagen de la Sirenita con el fondo verde, y unas estrellas llenas de purpurina con agua. En el inferior derecho de cada página estaban dibujados el pez y el cangrejo que la acompañan en la película. En la primera página, como era costumbre en Julia, escribió con letra clara y grande: Diario privado de Julia García. Como si alguien tuviera algo menos importante que hacer que leer el diario de una niña de ocho años. En sus páginas, había preguntas acompañadas de caras tristes. Preguntas que siempre la habían acompañado pero que había ido dejando de lado por no encontrar las respuestas. Los otros diarios, en cambio, estaban repletos de corazones y cada semana aparecía el nombre de algún chico nuevo. El caso es que, aún escribiendo tonterías, Julia se acostumbró a escribir. Incluso cuando no tenía tiempo le servía para despejar un poco su mente y dar de lado a sus problemas porque, aunque siempre empezara hablando de ellos, normalmente su imaginación la llevaba a otra parte, a un lugar mejor, un lugar en el que los problemas no existen. Lucía recordó entonces las cartas de amor que le escribió a David cuando tenía dieciséis años. Las buscó donde tenía guardado todo lo que tenía que ver con él.  Entonces se acordó de que había tirado todo en un arrebato por deshacerse del pasado. Aunque lo cierto es que nunca consiguió aplanar el cemento que separaba el pasado de su presente y alguna vez que otra tenía algún pie dentro sin apenas darse cuenta. Recordó aquellas cartas que tiró y visualizó las dos que tenía en la mano. Una de ellas, estaba escrita para una fecha ‘especial’. El caso es que la carta estaba escrita en tercera persona, como si así tuviera que ver menos con ella y como si los sentimientos no fuesen los suyos si no los de un personaje que se le pareciera mucho.

A Julia se le murió su padre. Buscó en todos sus diarios algo que le despertara alguna idea o algún sentimiento porque no era capaz de sentir nada. No era capaz de escribir. Juliarecordó que él había sido la persona más importante de su vida. La persona que mejor la conocía, la que hizo que su vida estuviera llena de cosas maravillosas. Él era esa persona que tenía una buena solución para todo y una sonrisa maravillosa en un día triste. Era una persona digna de querer conocer, alegre, confiada y segura de sí misma. Alegraba con sólo mirarle por la felicidad que iba desprendiendo al caminar. Al estar a su lado, se podía sentir esa humilde sensación de que la vida es fácil. Julia sabe que no encontrará a nadie igual, pero se siente realizada por haberlo conocido, pues él le demostró que hay personas que valen la pena y que hacen así que la vida lo valga también.

 Al morir su padre, su familia le propuso que escribiera algo sobre él. Pensaron que ella era la más indicada, pero a ella no le salían las palabras. Entonces recordó aquellas cartas y empezó a escribir, empezando por el principio, como siempre: Julia era una persona que se había pasado la vida escribiendo…

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