Ella era morena y alta, bien podría ser una modelo. Sus andares preocupados la hacían parecer patosa. Mariglo soltó su maleta y tragó saliva. Una saliva ardiente que la hizo retroceder dos pasos de donde estaba él sin mediar palabra. Jordi ayudó al conductor a coger las maletas. Tenía la mirada triste. Él era una de esas personas que caían bien a primera vista, pero no se esforzaba nada en ser simpático. Seguramente que Jordi habría ido a tomar el sol, ya que estaba muy bronceado, pero sus ojeras demostraban que no había pasado una mala noche. Al despedirse del conductor, borró lentamente esa sonrisa encantadora al ver a Mariglo. Sus ojos de clavaron en los de ella. Bajó su mano lentamente mientras la miraba. La chica que le acompañaba le cogió del brazo y le obligó a andar. Jordi giraba su cabeza para mirarla sin mediar palabra. Ella tampoco pudo decir nada, simplemente mirarle mientras se marchaba empujado por aquella chica preciosa.
- Así que, ¿es este?- dijo su hermano ayudándola a levantar su maleta del suelo. Mariglo agarró con fuerza su maleta y, cabizbaja, se dirigió hacia el coche. Durante el camino sólo se escuchaban los gritos de Jaime y Flavia que ya estaban pensando en salir de copas aquella misma noche y Bruno les interrumpía de vez en cuando para indicar el camino hasta llegar a casa de sus tíos. Vivían a dos manzanas del piso de Mariglo. Bruno apretó el muslo de ella, pero ni siquiera se inmutó. Intentaba encender el móvil que se apagaba nada más encenderlo porque se había quedado sin batería, y miraba por la ventanilla del coche al vacío. Miraba los parques, los árboles, los vecinos, como si hiciera un año que no les veía. Como si volviera de nuevo a su rutina, a su rutina sin Jordi.
Al llegar a casa Mariglo puso su móvil a cargar, se quitó la chaqueta y se sentó en el sofá a mirar la tele. La tele que estaba apagada.
- Creo que si la enciendes salen imágenes y sonidos. Dicen que es más entretenido.- bromeó Jaime intentado hacer reír a su hermana. No funcionó, siguió mirando la aquella pantalla negra sin mirar a su hermano. Con la mirada perdida, sin reaccionar siquiera.
- No tengo nada que ver- susurró Mariglo. Buscó los ojos de su hermano.- Jaime, ¿me podéis dejar sola? Necesito pensar y no lo voy a hacer si tú estás aquí.- exigió estirándose lentamente en el sofá. Jaime miró a Flavia que caminaba hacia Mariglo para consolarla y la cogió del brazo para que no lo hiciera.
- Vengo después. Te queremos, ¿vale? Tendré el móvil encendido, no dudes en llamarme si me necesitas- dijo Jaime poniéndose de nuevo la chaqueta y saliendo por la puerta con Flavia.
Mariglo no dijo nada más. Se quedó en la misma posición en la que estaba y al escuchar la puerta empezó a llorar. Sus lágrimas caían sin consuelo, como si necesitaran salir todas juntas, como si no fueran a parar nunca, como si les fuera la vida en salir de sus ojos. Lloraba con dolor, con rabia, con pena. Fue al baño a mojarse la cara y se miró al espejo. Se dio la espalda a sí misma apoyándose en la pica y continuó llorando. Parecía como si se le fuera a salir el alma por la boca, como si ya no le hiciese falta, como si ya no lo necesitara. Encendió el móvil. Suspiró y se sentó de nuevo en el sofá. Tras pasar un rato y llegarle dos mensajes de publicidad que apenas pudo leer porque las lágrimas le nublaban la vista, le llegó un mensaje de Jordi. El jueves pasado a las 18’27: “¿Has leído el e-mail? Un beso.” Mariglo se sobresaltó intentando recordar qué estaba haciendo aquel jueves a esa hora. Empezó de nuevo a titubearle el labio inferior hasta que estalló en un llanto de nuevo. Dejó el teléfono en la mesa con suavidad y fue para el baño de nuevo. Sonrió a su reflejo y se volvió a lavar la cara. Contó hasta diez suspirando con seguridad e intentando no soltar ninguna lágrima más. Fue hacia el salón con temor de coger el móvil y llamarle. Le temblaban las piernas, las manos, los dientes y seguramente también le temblaba el corazón. Miró al techo pensando en qué iba a decirle y cómo iba a hablarle. Probó algunos tonos de voz con el teléfono en la mano y decidió irse al espejo para darse fuerzas a sí misma. Buscó su nombre y llamó. Dos tonos. Tres. Y no lo cogió. Mariglo colgó y soltó un suspiro de salvación. Decidió hacerse algo de comer. Fue hacia la cocina y abrió la nevera: estaba vacía. Abrió la despensa y encontró una lata de atún que abrió y se comió con una cucharilla. Antes de sentarse en el sofá sonó el teléfono. Mariglo salió corriendo a por el teléfono que se lo había dejado en el baño. Número oculto. Cogió aire y descolgó.
- ¿Sí?- preguntó con la voz más alegre que pudo.
