- Claro que lo sabía, Flavia. Tenías a mi hermano enamorado desde hacía dos años. Sólo le faltó publicarlo en los periódicos- dijo Mariglo.
- O sea, que soy la última en enterarse de esto ¿no? Vaya dos damas de honor me he buscado…- dijo Cleo mientras alzaba su mano con la palma mirando al cielo- creo que está empezando a llover.
El cielo ya anunciaba lluvia desde hacía un rato. Tronaba y tronaba pero ellas no habían dejado ni un momento de charlar entre ellas. Había empezado a llover. El suelo olía a tierra mojada y Mariglo recordó cuando de pequeña llovía en Ocaña. Mariglo iba todos los veranos allí con sus padres hasta que entró en el bufete. Allí tuvo su primer amor: Gonzalo, al que todo el mundo llamaba Galo. Mariglo había visto a Galo todos los veranos de su vida desde que tiene uso de razón. Galo era un chico pelirrojo muy gracioso que le endulzaba los veranos aburridos en Ocaña. Cuando llegaba el invierno, Galo le enviaba dos o tres cartas a Mariglo diciéndole que la quería hasta que se cansaba y dejaban de cartearse. El uno no se acordaba del otro hasta que se volvían a ver. Cuando Mariglo cumplió diecinueve años, y encontró un trabajo, dejó de ir a veranear a Ocaña con sus padres y dejó de saber de Galo. Ahora, sin saber porqué se había acordado de él.
- Nos vamos a ir, Glo- dijo Flavia estirando sus brazos- mañana tengo que lamerle un poco más el culo a mi jefe- rieron las tres.
- Yo me voy, que mañana he quedado con la florista- dijo Cleo sonriendo. – ¿Vas a empezar ya? Si aún te queda un año- dijo Flavia entre risas.
- Mira, mona, no sabes lo que es una boda ¿eh? Hay que preparar muchas cosas- respondió Cleo indignada.
- No empecéis otra vez. Nos vemos el sábado, entonces. Que os vaya muy bien la semana- dijo Mariglo despidiéndose desde la puerta.
- Vale, Glo cariño, que te vaya muy bien la comida mañana. Te llamaré por la tarde- dijo Cleo- por cierto, me han comentado que inauguran un local en Barcelona de unos amigos míos. Si queréis ir me llamáis. Es el viernes por la noche.
- Yo lo dudo, pero te llamaré igualmente para ver qué tal te han ido las flores. Pero no las compres ahora…que de aquí a un año ya se habrán puesto mustias- dijo Flavia riéndose. Rieron las tres imaginando la absurda situación- Nos vemos el sábado.
- Hasta luego- dijeron las tres.
Mariglo recogió la terraza mientras pensaba en que la ropa que se había preparado no era la ideal para comer con Jordi. Ella sabía, por las chicas con las que lo había visto, que le gustaban coquetas y femeninas. Normalmente Mariglo iba con pantalones, pero aquella noche sacó una falda preciosa acompañada de una camisa azul. Se lo probó sin darse cuenta de que le estaba dando demasiada importancia a una comida de trabajo y se fue a dormir pensando en cómo sería.