Él me regaló un fabuloso reloj dorado con agujas marrones y con los días señalados en rojo. Yo lo coloqué en mi muñeca entusiasmada sin saber que me estaba regalando algo más que un reloj. Desde entonces tenía un control absoluto de los días de los segundos y de las largas horas, que se acortaban cuando las pasaba con él. Llevaba un reloj como quien llevaba una pulsera, pues él paraba el tiempo con su sonrisa. No quería saber la hora, no me preocupaba saber cuántos minutos me faltaban para separarme de él. Ni siquiera escuchaba el ruido de aquel silencioso tictac constante en mi muñeca.
Pero la primavera acabó, ya venía anunciándose desde hacía tiempo pero yo no vi su final, no percibí las señales. Las hojas de los árboles cayeron decepcionadas una a una sin pausa, delicadas, tristes. En menos de una hora todo había acabado. 60 minutos que se esfumaron con gritos y enfados, mientras los segundos tímidos no sabían qué hacer. Me encuentro mil cien horas después, sentada en un banco de madera, viendo pasar a la gente, recordando que el treinta y uno de marzo a las doce y media nos dimos nuestro primer beso, que tardé una hora y quince minutos en saber qué ponerme para nuestra primera cita, que tardé dos minutos en percibir que era el hombre de mi vida y que tardé solo dos milésimas de miradas para enamorarme.
Ahora llevo seiscientas horas sin verle y las agujas cada vez suenan más fuertes. Los demás no lo notan pero yo tengo el sonido grabado interiormente, y me atormenta, retumba en mi pecho y me hace estremecer. Las agujas anuncian un final, están ayudándome a cavar hacia la superficie. Ellas están cansadas de que las mire tanto, están mareadas y les cuesta moverse porque ellas tampoco son felices. En ocasiones las he visto fantasear con tiempos anteriores, con tiempos felices, con tiempos mejores.
Él me regaló un reloj sin saber que me estaba regalando la esperanza. Juego con las agujas y me traslado al momento exacto, aquel momento en el que no necesitaba reloj. Él me regaló un reloj pero yo lo he detenido, lo he dejado ahí en el banco de madera y me he ido, he dejado allí las agujas que cada vez suenan menos, cada vez menos, cada vez menos….. nada.
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