Allí estoy yo: agachapada entre dos árboles que me impiden ver la luz. Escuchando a lo lejos la risa de la gente, intento buscar vanamente algún motivo escondido, por pequeño que sea, para poder reír. Estar viva ya no me sirve, vivir triste no es vivir, es deambular, es caminar sin sentir, sin reír, sin esperar algo mejor. Solo quiero dormir y que la pena pase rápido, sin sentirla, sin tener que volver a llorar. Ni siquiera quiero que se despida, solo quiero que se vaya lejos. Me intento ver a oscuras en el río, intentando encontrar mi verdad, esa que me dijeron que encontraría mirándome a los ojos. Tropiezo con las piedras afiladas del camino y lloro por haber decidido buscar el río sin pensar que dolería.
Encuentro un lugar sin árboles pero donde el sol no llega porque tiene frío. Me descalzo y sumerjo los pies en el agua, aparto el pelo de mi cara y me miro. Pero no consigo reconocerme. Esa no es mi cara y esos no son mis ojos tristes. Estos ojos no tienen ninguna verdad escondida. Me siento en la tierra y lloro, intento ser yo misma pero esta isla está llena de disfraces, disfraces que yo misma me he ido quitando con el tiempo. Me duele sentir cualquier cosa. Me duelen las piernas de caminar hacia ningún lugar, sufro por tener tanto tiempo y tan gran dolor. Ni siquiera sé por dónde debo empezar a sanar. No sé si soy yo, o si soy otra persona, si me han cambiado el presente que en ocasiones tanto me gusta y en otras tanto duele. Que tengo el cuerpo lleno de heridas de querer soñar demasiado, de esperar abrazos que en el fondo sabía que no iban a llegar, de estar tan sola que ni siquiera puedo echar de menos.
Creo que hay un momento en la vida de toda persona en la que debe frenar en seco y preguntarse si está haciendo bien las cosas. Si lo que no acaba debe acabar y lo que aún no ha empezado debe empezar. Si hay que dar oportunidades o rechazos. Si se está compartiendo la vida con las personas idóneas, si se ha apartado de las que hacen mal, si está siendo feliz. Yo ahora mismo siento miedo de ir hacia la luz y verme sola, de darme cuenta de que tú nunca has estado ahí. Tú, con tu nombre común, caminas errante por mi oscuridad sin miedo. Acercándome la alegría pero sin regalármela del todo. Me asusto al sentir mi miedo cuando estoy a oscuras. Siento la intriga en mi pecho de saber si estás o te has marchado hace tiempo. Me levanto y, temblando, voy hacia donde hay luz. Yo empiezo a verme los pies, las piernas hasta que estoy totalmente iluminada. Con la esperanza en las manos me giro buscando tus ojos pero no están. No están aquí. Nunca lo han estado. Y mis ojos, que ya no son mis ojos, dejan de ver, dejan de ver para siempre.
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