Hoy he visto mi pasado en otros ojos, en los de ella, en los de Ana. Se llama Ana, pero podría llamarse María, como yo. Solo que ella no tiene esa sonrisa triste que yo usaba a su edad cuando jugaba a ser feliz y a no pensar. Y es que Ana no ha nacido con el mundo en contra y guardándose aquellas palabras que tanto daño hacían a quien no quería oírlas; no camina con la tristeza disfrazada para no desanimar a aquellos que la quieren. No. Ella no quiere en silencio hasta odiar.
Ana no pasa sus tardes moldeando sus sentimientos. No intenta sonreír para no crear desilusión, para no preocupar, para no tener que explicar. No se cree feliz, no se cree completa, no cree que su mundo es el que ella necesita. Es feliz, es completa y su mundo es el que ella necesita. Ella ríe, ella sueña, ella vive. Ana no es especial, es normal. Yo soy especial, pero nunca he querido serlo. Los demás creen entenderlo, creen ponerse en tu lugar y entristecen, pero no se acercan ni lo más mínimo. Sin notarlo tienen hacia ti una actitud diferente, sienten lástima por ti. Creen que necesitas ayuda para sonreír, pero se equivocan. No saben lo duro que es aceptar que los sentimientos no son racionales, que aunque intentes dejarlos a un lado siempre están presentes en alguna parte. Cuando reprimes tanto un sentimiento crees que no vas a poder liberarlo nunca, que nunca vas a poder amar, olvidar y perdonar. Que en tu corazón solo hay odio. Y quizá sea verdad. No todo el mundo puede, yo no puedo. Y entonces quisiera dejar de ser María para convertirme en Ana. Sin orgullo, sin rencor, sin odio, sin lágrimas, sin reproches, sin miedo.
Pero entonces miro a Ana, con esa sonrisa que le ilumina la cara e imagino cómo hubiera sido mi vida si hubiera cambiado diminutos matices. Pero cuando ella me devuelve la mirada me recuerda que se llama Ana, y que no podría llamarse María porque es Ana. Porque lleva una vida diferente y es feliz. Y porque yo a veces también lo soy, porque no me hace falta ser Ana para serlo, porque he aprendido a ser feliz siendo María y, ahora mismo, tampoco me gustaría ser otra persona.
