Y aunque pasen cientos de años, tú seguirás hablándome con tu lenguaje inventado, con tus palabras violetas que ni siquiera tú mismo entiendes. Pretenderás que entienda las frías frases con las que has llenado mis oídos, esas que dices por decir y que, caóticamente, han ido llenando nuestro espacio pintándolo de un color triste que yo nunca he entendido y que a ti te encanta. Me mirabas con compasión por no entenderte y tú, sin espejos en la habitación no te percatabas de que tú tampoco lo entendías y todo se volvió violeta de nuevo, y espeso, tan espeso que ya no veo el silencio, tan espeso que ya no te veo a ti.
Y aquí me encuentro llorando, en un banco y con la mirada perdida. Y ella también ha perdido su mirada y llora en el banco de al lado. Ella llora por él. Yo lloro por ti. Porque, permíteme que te diga, que el sol brilla cuando estamos juntos. Que tienes ese don que me hace sonreír…que me hace vibrar, que me hace sentir que estoy viva. Que el corazón late, que vibra al ritmo de nuestro silencio, con esa melodía extravagante que nadie más escucha pero que es nuestra, que nosotros hemos inventado y que si mostráramos a alguien no la entenderían, no la llegarían a sentir como nosotros. Pero tú no dejas de estar perdido sin saber a dónde ir. Miras tu presente con un reloj en la mano y estás perdido en el tiempo, en tu vida. Maquillas tu tristeza con esa falsa felicidad. Sonríes tristemente con tal de que la gente no cuestione tus actos y, por lo tanto, dejas de cuestionarlos tú mismo. Te has creado esa coraza protectora que te hace más duro por fuera y cada vez más débil por dentro, y ya no escuchas nuestra bella melodía, te has quedado sordo.
Y allí, delante de nadie, recuerdo perderme en esos ojos, recuerdo que me pedían que dejara de llorar y yo era lo único que podía hacer. Intentaba explicarme que había otros momentos para llorar a gusto, pero ese era mi momento, delante de todos, delante de nadie, delante de ella. Delante de esos ojos verdes que intentaban entenderme y quitarle hierro al asunto, se clavaban en mis pupilas y fuertemente me acompañaba en esas lágrimas incomprendidas y tristes. Esas lágrimas violetas que ella ya había visto por haberlas derramado también. Y ahora cuesta simplemente vivir, cuesta dejarse llevar y simplemente sentir. Cuesta volver a hablar de amor cuando por él has llorado, cuando te has visto en el fondo porque él te ha dado la espalda. Porque dicen que “amar es dejar de pensar” pero es muy difícil dejar de pensar en quien amas.
