Poco a poco voy entendiendo por qué cada vez cuesta más confiar en la gente, por qué cuesta decir sí a la primera y sin pensar en las consecuencias. Y es que al parecer nosotros tampoco pudimos ser agua, no pudimos conocernos y dejarnos llevar por este río que nació en dos días. Tú nadabas deprisa intentando llegar al final y yo me quedé agarrada a una piedra con miedo, con la incertidumbre de no saber si al final del río el agua estaría turbia. Tan turbia que ya no se verían las verdades. Seguiste nadando sin mí, pensando que te seguía. Pero no era así. Te giraste y me viste allí agarrada, sin dejarme llevar por la corriente que tú mismo habías propiciado para mí, y, sin entender por qué lo hacía, caminaste hacia atrás decepcionado. Echaste tierra a nuestras aguas sin pensar, o cuando lo pensaste ya era demasiado tarde. Estas aguas cristalinas están enturbiadas, ya no hay vida, ya no hay suerte, ya no hay magia. Caen mis lágrimas y, sin que las veas, se ensucian y desaparecen en el agua oscura que ahora nos rodea.
Y aquí estamos los dos, mirando cómo el río entristece y piensa en evaporarse y desaparecer. Nos mira resentido por haber desperdiciado sus aguas, por haberlas manchado de orgullo, de rabia y de impotencia. Por no saber frenar a tiempo, esas aguas van a quedarse ahí estancadas, aburridas, solas, sin hacer ruido, perdiendo total vitalismo hasta que puedan ser olvidadas.
Y yo, desconcertada, miro hacia atrás preguntándome cómo he llegado hasta aquí sin pensar y me vuelvo para mirarte de forma incrédula, sabiendo que esa agua jamás volverá a ser cristalina. Hace frío, ya no hay corriente y el agua ya no se mueve en ninguna dirección. Tú desapareces y yo, despidiéndome, la acaricio y salgo del agua. Estoy manchada, manchada de decepción. Sé que me va a costar quitar las manchas, pero en el fondo es una mancha de tantas. Una más, pero una oportunidad menos de ser feliz.
