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MG X

Volvió a dejar su móvil en el suelo y cogió una botella de un whisky escocés que su padre le había regalado hacía dos navidades. Puso dos hielos en un vaso y lo llenó por la mitad. Lo miró secándose las lágrimas y se lo bebió. No le ardió la garganta tanto como le ardía el corazón. Siguió llorando. Rellenó el vaso dos veces hasta que llamaron a la puerta.

- Hemos venido en cuanto hemos podido. ¿Estás bien?- dijo Cleo asustada. Mariglo no estaba acostumbrada a beber, solo unas cuantas cervezas, por lo que aquellas tres copas no le habían sentado demasiado bien.

- Tengo ganas de vomitar- dijo Mariglo dirigiéndose hacia el lavabo.

- Qué…oye, ¿dónde está Jordi?- dijo Flavia asombrándose por el desorden de la casa de Mariglo- ¿No ibais a cenar juntos esta noche?

- Me ha vuelto a dejar plantada- dijo Mariglo llorando sentada frente a la tapa del váter.

- ¿Qué? ¿Otra vez? ¿Y por qué?- dijo Cleo apartándole el pelo a su amiga.

- ¿Cómo que por qué? Está claro que está con otra, ¿no?- dijo Flavia. En ese momento Cleo cerró la puerta dejando a Flavia fuera.

- No le hagas caso, Glo cariño, seguro que tiene que haber una explicación. A lo mejor se ha puesto malo o le ha surgido un imprevisto- dijo Cleo intentando incorporar a su amiga del suelo.

- Ese tío es un cerdo. Primero se va de tu casa sin decir nada y luego queda contigo y te dice que no puede venir. Te está utilizando, ¿no lo ves?- dijo Flavia sirviéndose un vaso de whisky- lo que tienes que hacer es olvidarle. ¿No tienes dos semanas de vacaciones? Se está acabando agosto y no las has tenido aún.

- Es algo que no tengo planeado- respondió Mariglo sentándose en el sofá y apoyando la cabeza en sus manos. Miraba a sus amigas intentando encontrar la más mínima duda en ellas sobre la idea que le acababan de proponer. Pero no. Incluso Cleo miró a Mariglo dándole la razón a Flavia.

- Es algo que no tienes planeado pero que necesitas- dijo Flavia sirviendo tres copas de whisky.

- No se lo he dicho a mi jefe- respondió Mariglo intentando buscar una excusa.

- Eso déjamelo a mí- dijo Flavia dando un vaso a sus amigas- ¿entonces? Brindemos por la nueva Glo- gritó alzando su copa y sonriendo. Flavia miró a Cleo muy segura de sí misma. Cleo miró a Mariglo asintiendo y alzando su copa. Mariglo miró a sus amigas sin saber bien bien lo que estaba haciendo y, alzando su copa temblorosa, brindaron las tres juntas.

Se pusieron a mirar vuelos para Ocaña a las tres de la madrugada y encontraron uno que salía a las seis.

- No puedo hacer la maleta en dos horas ¿estáis locas?- dijo Mariglo levantándose de la silla. Pero aún y así la hizo. Ellas la ayudaron y la llevaron al aeropuerto.

- Cuídate mucho, ¿Vale?- dijo Cleo- y dale muchos recuerdos a tus padres. Te llamaremos.

Se abrazaron las tres. En ese momento sonó su teléfono: era Jordi. Mariglo miró su móvil sin creerse que él la estuviera llamando y arrepintiéndose de estar ya con la maleta en el aeropuerto. Antes de que ella pudiera decir nada, Flavia la cortó.

- ¿Sabes? Creo que el móvil deberías dejarlo aquí- dijo Flavia quitándoselo de las manos y colgando- Me lo quedaré yo, tú disfruta de tus vacaciones.

MG IX

Llegó a su casa recordando la forma con que Jordi la había mirado antes. Sonó su móvil justo antes de entrar en el ascensor, así que subió por las escaleras para poder cogerlo: era Flavia.

- Glo, cariño. He quedado con Cleo esta noche para tomar algo, ¿te apetece venir?- dijo Flavia con dificultad por el murmullo de gente que se oía.

- Mmm…no. Flavia, esta noche he quedado con Jordi, vendrá a mi casa a cenar…

- ¿De verdad? Vaya…parece que la cosa va en serio. Yo estoy con Álvaro, te manda muchos besos- respondió Flavia entre risas. Álvaro era su compañero desde hacía tres años y estaba encaprichado de Mariglo. A él le gustaba preguntarle a Flavia por ella como si estuviera enamorado y bromeaba con ello- bueno, que te diviertas. Te quiero.

Se quitó los zapatos en la puerta y fue directa a la ducha. Se quitó la pinza que le sujetaba el pelo y se dio cuenta de que necesitaba ir a la peluquería. Cuando acabó de ducharse se puso un pantalón cortísimo negro y una camiseta de tirantes negra. Se rizó un poco el pelo, cosa que le daba un cierto aspecto de naturalidad, y se perfumó. Entonces empezó a preparar la cena. Llamó a su madre poniendo el manos libres para preguntarle qué tal le iba todo. Últimamente se había acostumbrado a llamar a sus padres los viernes y así aprovechar para explicarles qué tal le había ido la semana.

- Llamas en un buen momento, Glo. Tengo aquí a alguien con quien quizá quieras hablar- dijo la madre de Mariglo. En la primera persona que pensó fue en Galo. Se puso nerviosa al intentar recordar su voz. Miró a un lado y a otro mordiéndose una uña y rezando porque no fuera él.

- ¿Qué pasa hermanita? ¿Cómo van las cosas por Barcelona?- respondió el hermano de Mariglo. Estaba un poco confusa, que no decepcionada, por no haber pensado en él.

- Todo bien, Jaime. Haciéndome la cena. ¿Qué haces en Ocaña?- dijo Mariglo mientras cortaba el tomate a tacos. – Necesitaba un respiro. He dejado a un amigo de confianza cuidándome el local de Madrid. Podrías pasarte por aquí ¿no? Han venido muchos turistas- dijo Jaime riéndose.

- ¿Italianos? Las cosas no cambian ¿eh?- dijo Mariglo riéndose- no lo creo, tengo mucho trabajo por aquí. Pero nos vemos dentro de poco. En la boda de Cleo.

- Sí. Allí nos veremos. Bueno, Glo, te dejo que ha venido papá de pescar y a ver qué podemos hacer con lo que ha traído. Te queremos, ¿vale? Cuidate.

- Yo también os quiero- dijo Mariglo sonriendo.

Acabó de hacer la ensalada y empezó a poner la mesa. No llegó a poner velas para que no pareciera demasiado seria. Puso la ensalada en el centro de la mesa y abrió la nevera para comprobar que tenía carne en ella. Pensó en hacerla cuando él estuviera a punto de llegar.

Sonó su móvil: era Jordi.

- Glo, cariño- dijo Jordi entre el barullo de la calle.

- Llegas diez minutos tarde, George- dijo Mariglo tocándose el pelo y sonriendo.

- Ya… es que me va a ser imposible ir. Verás me ha surgido un problema y..

- Vale- interrumpió Mariglo- no quiero saberlo.

Colgó. Se sentó cogiendo el teléfono con las dos manos y mirando la mesa preparada. Lloró. Lloró sintiéndose la persona más tonta del mundo. Lloró porque a pesar de todo sabía que en cuanto Jordi quisiera, ella estaría allí. Soltó su teléfono con desprecio y con la mirada perdida lo volvió a coger.

- ¿Puedes venir? – dijo tragando saliva e intentando no titubear con la voz.

MG VIII

Se destapó y fue hacia la cocina pero no había nadie. Se repuso rápidamente por haberse levantado tan deprisa y se frotó los ojos mientras pensaba en que quizá le podría haber pasado algo. Tras aclarar un poco la voz le llamó, pero Jordi no cogió el teléfono. Desayunó y se vistió; entonces recordó que hoy era el juicio de la madre que pedía la custodia de su hija. Llamó a la empresa para asegurarse del sitio y salió a la calle. Se retocó en el taxi, como siempre, y se puso unas tiritas donde le hacían daño unos zapatos nuevos que se había comprado. Entró y se sentó. Jordi no estaba. Llegaba quince minutos antes y sólo estaban los abogados del marido, la saludaron y siguieron con su conversación. Sacó su carpeta y revisó el caso: veranear en una casa de campo con la madre, tener una infección con su padre…

En ese momento entraron todos: la madre con la niña, la abuela, el padre y los testigos. Jordi también entró y trajo un café para Mariglo.

- Espero no tener que hacerle pasar por esto a un hijo mío nunca- dijo mientras dejaba su maletín en el suelo. Mariglo no podía parar de mirarlo quitándole importancia a que se hubiera marchado sin despedirse y alegrándose por tenerlo a su lado. Y empezó el juicio. El primero en pasar al estrado fue el padre. Tras intentar demostrar su abogado lo buen padre que era, Jordi intentó hacer todo lo contario.

- Señor González, ¿Le gusta a usted el juego?- dijo Jordi sonriendo. A Mariglo le encantaba la sonrisa manipuladora que le salía a Jordi en los juicios que creía ganados como este.

- Bueno, echo unas monedas de vez en cuando en la máquina.- dijo el padre de la niña intentando buscar una mirada cómplice que le asegurara que aquello estaba bien.

- ¿Unas monedas? Señoría, aquí tengo un informe  en el que asegura José, el tabernero del bar que el señor González  frecuenta, que cada tarde puede gastarse cincuenta euros en las tragaperras. ¿Sabe cuánto es eso al mes? Se lo diré- dijo Jordi sonriendo- 1500 euros- afirmó con seguridad- ¿Cuánto cobra usted al mes?- preguntó Jordi dejando el informe en la mesa del juez.

- ¡Protesto!- reclamó la defensa del padre.

- Denegada. Prosiga por favor.- Jordi miró con intriga al padre de la niña, esperando a que respondiera mientras él miraba a su abogado intentando buscar un apoyo.

- Pues 2000 euros netos.

- ¿Sólo tiene un trabajo?- dijo Jordi mirando su libreta y derrochando seguridad por todos sus poros. El hombre asintió firmemente y Jordi miró a Mariglo con el fin de que actuara. Mariglo se levantó de su asiento y sonrió a Jordi.

- Señoría- dijo Mariglo- pediría, si fuese posible, que la hija de mi defendida saliera un momento.- La niña salió con su abuela. Era una niña morena que con diez años apenas sabía qué era lo que estaba pasando.- Tengo unas fotos que comprometen seriamente a su persona.- Mariglo mostró las fotos- Es conocido como ‘El Charlie’ y en su mochila se puede encontrar cocaína, hachís, LSD… ¿Creen ustedes que un padre de familia que se pasa las tardes en el bar gastándose 1500 euros al mes en tragaperras y vendiendo droga a niños de dieciséis años puede ser un buen padre? No tengo más preguntas señoría.

Mariglo se volvió sonriendo a Jordi y celebrando con las miradas el caso ganado. En aquel momento, no sólo le dieron la custodia a la madre sino que metieron al padre en la cárcel por contrabando de drogas.

- No sabes cómo me pones cuando hablas así- dijo Jordi en el oído de Mariglo mientras recogían. Mariglo se sonrojó y sonrió- ¿Cenamos juntos esta noche? Ahora tengo que hacer algo, pero luego me paso por tu casa, ¿vale?

MG VII

- ¿Qué tal preciosa?- dijo una voz medio ebria.

- Es muy tarde, Jordi ¿No deberías estar durmiendo?- se asombró Mariglo.

- Glo, quiero verte. Estoy en la puerta de tu casa, esperándote- dijo Jordi con una voz amorosa. Mariglo se tocó el pecho pensando en que de un momento a otro se le saldría el corazón. Se miró y al verse vestida con un pijama a rayas que le regaló su madre para su santo, se puso uno que le regaló Cleo.

- Estoy en pijama y metida en la cama- dijo Mariglo tropezándose con el mueble de su habitación mientras intentaba cambiarse- Pero puedes subir si quieres- dijo mirándose al espejo y arreglándose el pelo que aún tenía mojado.

- Vale, ábreme.

Mariglo dejó el móvil encima de la cama, mirándose y estando demasiado nerviosa. Fue hacia la puerta y miró por la mirilla. No estaba. No sabía qué decirle, cómo actuar, qué sentir. Se tocaba el pelo pensando en que Jordi iba a notar que ella estaba nerviosa y la iba a tomar por una tonta. Iba de un lado a otro de la puerta esperando a que sonara el timbre. Cuando sonó se asustó, y, después de contar hasta tres, abrió la puerta con su mejor sonrisa.

Allí estaba Jordi, con un traje gris y una camisa blanca. Llevaba la corbata medio desabrochada y la chaqueta colgada en el hombro derecho. Tenía un brazo apoyado en el marco de la puerta y todo su peso caía sobre él. La miró de arriba abajo resoplando, cosa que hizo que Mariglo se ruborizada y reaccionara invitándole a entrar.

- Tengo el coche mal aparcado, no creo que pasé nada ¿no?- explicó Jordi señalando a las escaleras. Se miraron. En ese momento reaccionaron igual: se besaron. La ropa acabó por los suelos y al acabar, Jordi se quedó dormido. Mariglo miró le miró sonriendo y sonrojándose a la vez. Se moría de ganas de llamar a sus amigas y contárselo pero decidió volverse a poner el pijama y dormirse. Esa noche recordó que hacía mucho tiempo que no hacía el amor y que Jordi lo hacía muy bien. Se quedó dormido con las manos bajo la almohada y mirando para el lado contrario a ella. Mariglo apoyó la cabeza en su brazo y puso la mano en su espalda. Lo acarició sorprendida por la suavidad y palpó los músculos que ignoraba que tuviera. Se quedó dormida.

El despertador sonó, como siempre, preparándola para un nuevo día. Se estiró sonriendo y recordando la noche anterior con Jordi y se giró para darle los buenos días. Al girar la cara con los ojos medio cerrados pudo ver que no estaba. Se incorporó mirando a un lado y a otro.

- ¿Jordi?- gritó Mariglo asustada.

MG VI

Antes de pagar al taxista, sacó un pequeño espejo de su bolso y se retocó el maquillaje. Al salir se puso bien la falda, se retiró el flequillo de la cara y caminó hacia la puerta. Al llegar a su oficina, un nuevo post-it la esperaba encima de su portátil apagado. “Glo, ha venido una vieja amiga de Madrid y me va a ser imposible ir a comer contigo. ¿Cenamos esta noche? Jordi.” Miró a un lado y a otro pensando que era una broma hasta que se dio cuenta de que no. Se sentó en la silla con el post-it en la mano y se quedó mirando fijamente el marco de una foto que tenía con su hermano en la mesa de su despacho. Reaccionó cuando entró su superior.

- Gloria. ¿Cómo lleváis el caso de la custodia de la niña? Quiero un informe detallado- dijo señalando hacia su mesa de trabajo- ¿Sabes algo de Jordi? No logro localizarlo.

Mariglo se moría de ganas de decirle que estaba con una chica y que estaba descuidando su trabajo. Pero al final le dijo que había ido a interrogar a la profesora del colegio de la niña. Su superior quedó contento y recordó a Mariglo que ese año tenía dos semanas de vacaciones en agosto y que su mujer trabajaba en una empresa de turismo. Tras irse su superior del despacho, cogió un bolígrafo y escribió un post-it para Jordi. Al no caberle decidió coger una hoja blanca: “Jordi, espero que vaya muy bien la comida. He ido a ver a la profesora de la niña del caso. Le he dicho al súper que has ido tú porque no te encontraba. Me debes una. Gloria” Mariglo se moría de ganas de decirle que esperaba que le fuera muy mal la comida y que no volviera a ver más a esa amiga, pero no quería parecer celosa y desesperada. Cogió su maletín y salió hacia el colegio.

Al llegar allí no pudo parar de sonreír en todo momento, recordó su infancia en un centro muy parecido. Llamó al timbre y entró. Esperó en el hall mientras la recibía la directora. La columna principal simulaba un árbol y tenía enganchado hilos que llegaban a una punta y otra de las paredes. De los hilos colgaban flores preciosas que supuso que habrían hecho los niños de allí. También había un cuadro enorme con el mapa del mundo y sus capitales señalizadas con las respectivas banderas. De la enorme escalinata principal bajó la directora del centro: una mujer bajita, con el pelo rizado blanco y los ojos pequeños y claros.

- Me llamo Inés- dijo la mujer- en qué puedo servile. -

Soy la abogada de la madre de una alumna que está en trámites de separación- dije sujetando mi maletín con las dos manos- me preguntaba si podía hacerle unas preguntas a su profesora.

La directora la acompañó hasta la clase de la niña. Llamó a la puerta y Mariglo pudo concretar una cita con la profesora. Quedaron después de comer en el bar de la esquina de aquella misma tarde. Mariglo se sorprendió al ver con la naturalidad que expresaba las emociones aquella profesora y lo dispuesta que estaba con que se hiciera justicia. Mariglo iba anotando lo que creía importante en una libreta pequeña que se había comprado en un todo a cien. Al acabar, pidió el número de teléfono a la profesora y se marchó.
Llegó al despacho con los pies destrozados después de haber andado tanto. Pasó por el despacho de Jordi sin mirar aunque notó que estaba allí dentro. Pudo escuchar que estaba hablando por teléfono así que pasó deprisa. Se sentó en su silla buscando vanamente una nota de agradecimiento por parte de Jordi. Pero no. No había ninguna nota. Encendió su ordenador para empezar a escribir su informe pero al ver que no se concentraba lo apagó y se fue para su casa. Al llegar a casa y tras la rutina de siempre, se tumbó en el sofá con el pelo mojado y se hizo un bol de palomitas. Recién sonadas las diez y media sonó su móvil: era Jordi.

MG V

- Claro que lo sabía, Flavia. Tenías a mi hermano enamorado desde hacía dos años. Sólo le faltó publicarlo en los periódicos- dijo Mariglo.

- O sea, que soy la última en enterarse de esto ¿no? Vaya dos damas de honor me he buscado…- dijo Cleo mientras alzaba su mano con la palma mirando al cielo- creo que está empezando a llover.

El cielo ya anunciaba lluvia desde hacía un rato. Tronaba y tronaba pero ellas no habían dejado ni un momento de charlar entre ellas. Había empezado a llover. El suelo olía a tierra mojada y Mariglo recordó cuando de pequeña llovía en Ocaña. Mariglo iba todos los veranos allí con sus padres hasta que entró en el bufete. Allí tuvo su primer amor: Gonzalo, al que todo el mundo llamaba Galo. Mariglo había visto a Galo todos los veranos de su vida desde que tiene uso de razón. Galo era un chico pelirrojo muy gracioso que le endulzaba los veranos aburridos en Ocaña. Cuando llegaba el invierno, Galo le enviaba dos o tres cartas a Mariglo diciéndole que la quería hasta que se cansaba y dejaban de cartearse. El uno no se acordaba del otro hasta que se volvían a ver. Cuando Mariglo cumplió diecinueve años, y encontró un trabajo, dejó de ir a veranear a Ocaña con sus padres y dejó de saber de Galo. Ahora, sin saber porqué se había acordado de él.

- Nos vamos a ir, Glo- dijo Flavia estirando sus brazos- mañana tengo que lamerle un poco más el culo a mi jefe- rieron las tres.

- Yo me voy, que mañana he quedado con la florista- dijo Cleo sonriendo. – ¿Vas a empezar ya? Si aún te queda un año- dijo Flavia entre risas.

- Mira, mona, no sabes lo que es una boda ¿eh? Hay que preparar muchas cosas- respondió Cleo indignada.

- No empecéis otra vez. Nos vemos el sábado, entonces. Que os vaya muy bien la semana- dijo Mariglo despidiéndose desde la puerta.

- Vale, Glo cariño, que te vaya muy bien la comida mañana. Te llamaré por la tarde- dijo Cleo- por cierto, me han comentado que inauguran un local en Barcelona de unos amigos míos. Si queréis ir me llamáis. Es el viernes por la noche.

- Yo lo dudo, pero te llamaré igualmente para ver qué tal te han ido las flores. Pero no las compres ahora…que de aquí a un año ya se habrán puesto mustias- dijo Flavia riéndose. Rieron las tres imaginando la absurda situación- Nos vemos el sábado.

- Hasta luego- dijeron las tres.

Mariglo recogió la terraza mientras pensaba en que la ropa que se había preparado no era la ideal para comer con Jordi. Ella sabía, por las chicas con las que lo había visto, que le gustaban coquetas y femeninas. Normalmente Mariglo iba con pantalones, pero aquella noche sacó una falda preciosa acompañada de una camisa azul. Se lo probó sin darse cuenta de que le estaba dando demasiada importancia a una comida de trabajo y se fue a dormir pensando en cómo sería.

Gas Natural

- Hola buenas tardes.

- ¿Quién ereh?

- La llamo de Gas Natural para informarle de las últimas ofertas que tenemos. Tengo aquí apuntado que usted utiliza gas butano aún…

- Zí, zí. Pero nozotro zomo mu mayore y yo ehtoy mu a guzto azí.

- Pero…

- Que no nena, mira, yo cojo un butano y me dura do zemana pa guizá y pa bañarme. ¿Tú zabe lo que ezo me dura a mí?

- Ya, bueno ¿Y el aire acondicionado?

- ¡Uh! Ezo no puedo. Me operaron hace do año de una catarata en el oho ihquierdo y no me puede dar aire fuerte.

- Bueno mujer, pues a cuidarse.

- Ale, adió- y cuelga- pué lo que te iba disiendo, que yo cuando era joven compraba medio kilo de almeha, que ezo eran doh duro y me hasia un sofrito que noh duraba pa toa la zemana. Y luego tuh abuelo cuando traía ……….

 

Contrataré a mi abuela para que me despida así de rápido a todas las personas que me llaman para venderme algo.

Hermana mayor

Andrea no podía creerse que su hermana le hubiera hecho eso. Miraba sus zapatillas nuevas: eran rojas y con un lacito en medio. Las miraba fijamente con miedo de mirar alrededor y verse sola. Imaginaba que de un momento a otro llegaría su hermana a buscarla. Aquellas zapatillas nuevas le habían hecho mucho daño y esperaba que ella la ayudara a andar. Pero no lo hizo, su hermana se fue. Entonces Andrea se quitó sus zapatillas nuevas y se marchó. Anduvo llorando descalza un buen rato. Se marchó sin saber que su hermana había ido a por el coche para que no tuviera que andar. Se marchó llorando sin saber que no estaba sola.

MG IV

El anillo era de oro blanco muy fino y llevaba un diamante de tonos azules que se iluminaba cuando Cleo movía la mano. Cleo tenía las manos muy finas y siempre tenía las uñas perfectas, pero no lo llevaba puesto, se lo había guardado en una caja para que fuera una sorpresa para ellas.

- ¿Cómo te lo ha pedido?- preguntó Mariglo.

- Bueno, ha sido un poco típico, me lo ha llevado esta mañana a la cama con el café- dijo Cleo sonrojada.

- ¿Te lleva el desayuno a la cama? – dijo Flavia sin darle importancia a la noticia- joder con Mateo.

- Que no le llames Mateo, ya te he dicho que le gusta que le llamen Mat- dijo Cleo enfadada.

- Para mí, siempre será Mateo. ¿O acaso llamamos a Glo ‘Mariglo’?- dijo Flavia riéndose.

- Va, chicas, dejadlo ya- dijo Mariglo para liberar tensiones- ¿Seremos tus damas de honor?

- Eso no hay ni que preguntarlo. La hermana de Mat se ofreció, pero ya le dije que ya estaban asignadas- brindaron satisfactoriamente, sintiéndose bien con ellas mismas y alegrándose por la felicidad de Cleo. Mariglo se levantó a por tres botellas más- Por cierto, Glo, he invitado a tus padres y a tu hermano, en una semana les llegará la invitación.

Los padres de Mariglo vivían en Ocaña, un pequeño pueblo de Toledo. Se fueron allí cuando sus hijos cumplieron los dieciocho. Aquel era un pueblo tranquilo, en donde tenían una casa y en donde su padre, Javier, había veraneado desde que era joven. Su hermano, Jaime, se fue cuando tenía veinte años a Madrid. Allí montó un club nocturno de ambiente gay. Mariglo recordó a sus amigas cuando Jaime pretendía a Flavia. Flavia tenía dieciocho años y Jaime acababa de cumplir veinte, cuando le quedaban dos meses para irse a Madrid. Entonces él trabajaba en una heladería en Paseo de Gracia de Barcelona. Mariglo siempre pasaba las tardes allí con sus amigas. Allí también estaba Blanca, la que entonces era novia de Jaime.

- Lástima que ahora esté pillado ¿eh Flavia?- dijo Cleo riendo junto con Mariglo.

- Veréis, tengo que contaros algo- dijo Flavia con una medio sonrisa y sin apartar la vista de la botella- ¿Recordáis aquella noche en la que celebrábamos que Mariglo entraba en derecho?- las dos muchachas asintieron al recordar la noche- Pues estuve con Jaime.

- ¿Qué?- gritó Cleo- ¿De verdad?

- No me lo puedo creer- dijo Mariglo mientras le daba un sorbo a su cerveza. Flavia miró a Mariglo sorprendida por su reacción.

- Glo ¡lo sabías!- dijo Flavia levantándose de la silla.

MG III

Como era de costumbre al llegar a casa, se quitó los zapatos en la puerta y caminó descalza con ellos en la mano hacia su habitación. Volvió a poner ‘Have yourself a merry Little Christmas’ y se bañó. Estuvo relajándose hasta que, sorprendentemente, llamaron a la puerta. Era su amiga Cleo. Cleo era modelo y había llegado pronto. Tenía el pelo largo, rubio y sus ojos eran grandes y azules. Mucha gente pensaba que no era española. Era alta y delgada. Sus piernas eran finas y largas, por lo que le encantaba llevar minifaldas. Gracias a ella, Mariglo había asistido a las mejores fiestas de su ciudad. Mariglo salió a recibirla con un albornoz rosa. Sabía que era Cleo porque tenía una manera peculiar de llamar al timbre: llamaba dos veces, la primera era rápida y la segunda más larga. Se alegró mucho al verla aunque sólo hacía cuatro días que la había visto. Allí estaba Cleo, igual de guapa y alegre que siempre. Mariglo se vistió y se preparó la ropa para el día siguiente. Entonces llegó Flavia. Flavia estaba metida en la política. Procuraba no ir a las fiestas por miedo a salir en la prensa. Flavia también era rubia pero más bajita. Sus ojos eran de un tono acaramelado que dejaba embelesado a cualquiera.

Fueron a la terraza de Mariglo. En su terraza, donde tendía la ropa del revés con el fin de que no se le fuera el color con el sol, tenía una tumbona de madera con una colchoneta de flores rosas y lilas. Al lado tenía una mesita en la que normalmente dejaba un libro y una botella de agua. También tenía una mesa de cristal con cuatro sillas acolchadas y enfundadas en un color blanco roto precioso. Allí pasaban las tardes de los miércoles, con sus cervezas sobre sus respectivos posavasos. Las conversaciones no acababan nunca y el saber que nadie las estaba escuchando hacía que la comodidad y la sinceridad se acrecentaran en verano.

- ¿Algo nuevo?- dijo Flavia mientras se quitaba la chaqueta.

- Pues sí- dijeron Mariglo y Cleo a la vez.

- Empieza tú- dispuso Mariglo con una sonrisa en la boca.

- No, no. Empieza tú, Glo- dijo bebiendo un trago de su cerveza.

- Bueno, es una tontería- las dos amigas la escuchaban admiradas e interesadas por lo que tenía que decir- Hay un chico en el bufete, seguramente que os haya hablado de él. Se llama Jordi fuimos a la facultad juntos…

- ¡No me digas más!- dijo Flavia pegando un manotazo en la mesa- ¿Te lo has tirado?

- ¡No!- exclamó Mariglo avergonzada- Simplemente me ha invitado a comer mañana- dijo sonriendo.

- ¿Y vas a ir?- dijo Cleo sin dejar de mirarla a los ojos.

- Pues supongo que sí que iré, es un amigo ¿no? Además llevamos un caso juntos- dijo Mariglo exculpándose.

- Glo, cariño, ve a comer y con él, y si la cosa se alarga…pues tira tu agenda por el retrete- dijo Flavia. Rieron las tres. Mariglo también rió aunque veía imposible eso de tirar su agenda.

- Bueno, pues ya nos llamarás mañana para ver cómo ha ido- dijo Cleo- Ahora me toca a mí. No os lo vais a creer- se puso de pie mientras alzaba su cerveza con una sonrisa resplandeciente. Mariglo y Flavia no entendían su felicidad.

- Suéltalo ya- dijo Flavia intrigada.

- ¡Que me caso!- dijo Cleo emocionada- ¿No es perfecto?

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